domingo, 19 de abril de 2026

152 - La contradicción del rito: Mi visión sobre la Semana Santa y la Iglesia


 






La Semana Santa siempre me sumerge en la perplejidad. Soy consciente de que cada persona vive la fe a su manera, pero cuando hablamos de un rito religioso institucional, hay aspectos que chocan frontalmente con lo que yo entiendo por espiritualidad.

A mi juicio, la Iglesia católica debería desmarcarse de ciertas prácticas que aún persisten en nuestro calendario. Aquí expongo mis tres grandes dilemas:

1. La apología del dolor: ¿Expiación o brutalidad?

Una de las imágenes más impactantes —y para mí, brutales— es la de los penitentes flagelándose hasta sangrar. No logro comprender la expiación de las culpas a través del castigo físico. Si algo define (o debería definir) al catolicismo, es la búsqueda de la felicidad del ser humano mediante la fe, no mediante el martirio autoinfligido.

Es cierto que no he leído todos los textos sagrados, pero en ningún lugar he encontrado que el uso del cilicio o el látigo sea un requisito para la salvación. Jesucristo sufrió tortura y una muerte atroz, sí; pero lo aceptó como un destino inevitable y no como una práctica que sus fieles deban replicar. Maltratar el cuerpo —que según la propia doctrina es obra divina a imagen y semejanza de Dios— me parece, paradójicamente, una falta de respeto al Creador.

2. El brazo armado en la procesión

Me resulta igual de desconcertante la presencia del Ejército —ya sea la Legión, la Aviación o la Marina— en estas celebraciones. Hablamos de soldados entrenados para el combate y la eliminación del enemigo. ¿Qué lugar tiene eso en un culto basado en el mensaje de amor y paz de Jesús?

La existencia de capellanes castrenses y la simbiosis entre lo militar y lo religioso me parece una contradicción terminológica. Donde hay armas, no debería haber religión, al menos no bajo el mensaje del Cristo que yo conozco.

3. El internacionalismo frente al himno

Por último, está la polémica del himno nacional acompañando la salida de las procesiones. El catolicismo, por definición, es universal. No tiene patria ni fronteras; debería estar por encima de reyes, presidentes y territorios.

Desde una perspectiva de izquierdas, la Iglesia debería representar una suerte de internacionalismo religioso donde la única patria sea "el otro", sea este creyente o no. Si los fieles están "de paso" por este mundo terrenal, ¿por qué aferrarse a símbolos nacionales que solo fragmentan esa supuesta universalidad?


Conclusión

En definitiva, creo que la Iglesia católica ganaría en coherencia si se alejara de estos atavismos. No pretendo prohibir que cada uno haga lo que quiera, pero defiendo que estas prácticas contradicen el pensamiento religioso más puro.


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