lunes, 1 de junio de 2026

163 - El club de la ducha




Llega la época estival —ese eufemismo para no decir que nos vamos a asar vivos— y el transporte público empieza a convertirse en una sucursal del mismísimo infierno.

Cada tarde después de trabajar, metido en el vagón de metro, no puedo evitar ponerme nostálgico. Recuerdo cuando era chico y mi madre me llevaba a El Corte Inglés. Ella era muy de El Corte Inglés, las cosas como son. Nada más entrar, la planta baja te recibía con todos los grandes perfumes de marca del mercado. Aquello era una sinfonía de fragancias caras que me hacían viajar olfativamente por todo el globo.

Para mí, aquello era el descubrimiento de un nuevo continente. Al fin y al cabo, yo era un zagal de pueblo cuyo mapa olfativo se limitaba, como mucho, a las vacas de David o de Santiago, o a las ovejas de Anselmo. Así que entrar allí suponía una depuración interior de mi cuerpecillo que me venía la mar de bien. Es más, cuando volvía al pueblo, los amigos me decían que traía "hasta mejor color". El poder del lujo, supongo.

A día de hoy, el transporte público es el reverso tenebroso de aquellos grandes almacenes. En el metro o en el bus no es que huela a las vacas de Santiago o a las ovejas de Anselmo (que casi se echaría de menos); allí dentro se genera una eclosión de olores digna de estudio científico. En un solo trayecto de tres paradas puedes identificar, perfectamente conjuntados y a la vez: sudor añejo de jugador de pádel post-partido, gasoil quemado de la EMT madrileña, fritanga de bar de raciones de barrio en hora punta, "esencia de gimnasio" emanada por el bajito que se agarra a la barra vertical justo enfrente de mi, y un sutil toque a pedo y fondo de alcantarilla. Todo junto. En bucle. Estoy completamente convencido de que, dentro de unos años, viajar en hora punta en julio será considerado enfermedad profesional porque directamente te destruye las fosas nasales.

Si juntáramos la atmósfera de El Corte Inglés con la del vagón de las 16:30, las consecuencias serían exactamente las mismas que juntar materia y antimateria. Como bien sabéis, cenutrios, estas se anulan mutuamente generando una ingente cantidad de energía en forma de rayos gamma. Y ojo, que los rayos gamma son malos porque son radiación pura. Pero mirad, entre la radiación y volver a entrar en la 22 Compañía de Araca-Vitoria donde hice la mili —donde había tal ecosistema de pedos, sudor, pies y esa mugre reglamentaria que todo ejército que se precie debe lucir—, os digo yo que me quedo con los rayos gamma. Son muchísimo más limpios.

Por eso, queridos lectores, me proclamo miembro fundador y presidente honorífico del Club de la Ducha. Es una medida democrática, es social, es barata y, sobre todo, evita que los demás tengamos que perder el sentido del olfato solo porque tú hayas decidido reconciliarte con tu entorno natural. 

¡Agua y jabón para todos!



 

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