Todo está por llegar. Absolutamente todo lo novedoso —y absurdo— que la política posmoderna sea capaz de inventarse, llegará. Solo es cuestión de sentarse a esperar para comprobarlo.
Yo, que soy un visionario, me aventuro a profetizar un futuro distópico: la venidera jubilación ya no será por edad, sino por pura y dura apariencia. Un tribunal gerontocrático decidirá, a ojo de buen cubero, si estás en condiciones de colgar las botas o no. Darán exactamente igual los achaques que arrastres; dará idéntico dolor de cabeza el año de nacimiento que indique tu DNI. Si el tribunal te ve con cara de "jovenviejo", te mantendrán picando piedra en el tajo hasta que tu aspecto cambie de verdad... o hasta que la palmes, lo que ocurra primero.
Ya me veo ahí, plantado delante de ese comité de sabios, enseñando las muelas como los pollinos en una feria de ganado. Me imagino a los funcionarios midiendo el porcentaje de arrugas que tengo en la cara (porque a trabajar habrá que ir vestido, digo yo, a menos que nos encasqueten un traje de buzo). Los veo calibrando la calidad de la erección —midiendo al milímetro cuántos centímetros se alcanzan y cuánta duración se mantiene— y, sobre todo, evaluando la alopecia y el porcentaje exacto de canas que decoren mi cabeza en ese momento. Ojo, si eres calvo tampoco te libras (para algo valdrás, aunque sea de pisapapeles), pero hay que reconocer que lucir cartón ya te rasca unos puntos extra para la jubilación por apariencia.
El futuro es tan oscuro como incierto. Ya me veo en el espejo pintándome ojeras y arrugas con un lápiz de ojos porque, con la casta política que nos oprime, como te descuides te plantan en los medios de producción hasta los 90 años.
¡A producir, que son dos días! cara dura.

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