miércoles, 24 de junio de 2026

168 - La Playa




¿Te acuerdas de la película La playa? Hay un momento exacto que tengo grabado en la mente: cuando el personaje de Leonardo DiCaprio llega por primera vez a esa isla oculta. Ese instante bucólico donde, de repente, te encuentras contigo mismo o con algo superior.

Hablo de ese gesto de locura. Ese que nos dice que, por fin, has llegado exactamente a donde querías llegar. El gesto de sentir, con absoluta certeza, que estás en tu lugar en el mundo.

Ese estado de paz mental es el que intento mantener a diario. Y es el espíritu con el que quiero pisar cualquier playa, de cualquier lugar.

Si pudiera personificar a la playa, me sentaría frente al mar para hablarle y decirle:

«Eres mi lugar en el mundo otra vez, o tantas veces como haga falta. No quiero salir de aquí. Déjame estar, solo te pido eso, nada más».

A veces pienso en la magia de ese instante. Caminas entre hierbas tan altas como tú, abriéndote paso en lo desconocido, cuando de pronto se abre un claro inesperado. Un rincón donde no esperabas encontrar nada más que un simple refugio para descansar.

El siguiente paso es el verdadero descubrimiento: tropezarte con algo que no se suponía que debía estar ahí, o simplemente no esperar que la perfección de la naturaleza alcanzara ese nivel.

Muchas veces caminamos y caminamos sin un rumbo aparente. Nos gana la rutina, el piloto automático. Pero, de repente, aparece el momento.

Y ese "momento" no siempre es una playa. A veces es un ser humano como tú, que llega para cambiarlo todo. A veces es un olor que te evoca un recuerdo lejano (¿por qué no?) o una brisa repentina que te eriza el pelo sin que haga un frío aparente.

Al final, de eso trata la película de la vida: de aprender a reconocer esos oasis cuando aparecen frente a nosotros.

lunes, 22 de junio de 2026

167 - Don Quijote me abandonó, cambió su lanza por un tractor, harto ya.....


 Atravesé la eternidad

Y descubrí
Tras una nube a alguien
Un caballo con alas se acerca a mí

¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?
Has de saber que yo soy Rocinante
Vivo alejado el coche me desplazó

¡Don Quijote me abandonó!
Cambió su lanza por un tractor
Harto ya

Pobre hidalgo, cómo luchó
Quiso cambiar el mundo con sus sueños
No comprendieron, se rieron de él

Dulcinea le convenció
Con Sancho Panza montaron un negocio
Una tienda de accesorios para el tractor

¡Don Quijote me abandonó!
Cambió su lanza por un tractor
Harto ya

Hiciste bien en quedarte aquí
En este valle de paz
Todas las cosas que aquí ya no están
Acompañan tu soledad

Todo lo bello lo he visto aquí
No necesitas más

Tal vez quieras venir conmigo
En este viaje infinito
Vente conmigo, buen rocinante
A descubrir lo eterno
Bate tus alas al viento
Iré contigo más allá, aah, aah, aah, aah



No podía dejar pasar más días sin hablar de ese lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, ni de divagar sobre las muchas cosas que me inspira este precioso libro.

Hoy os traigo una canción de Asfalto, el grupo de moda durante la Transición (¿hacia dónde? Hacia el ahora, ¡ufff!). Con una ternura inusitada para una banda de rock de la época, nos erizaron la piel con un tema que a mí me parece puro lirismo. Quizás era el momento idóneo para escuchar algo así, dado el futuro tan incierto que se abría ante nosotros; necesitábamos ese paréntesis emocional que Asfalto puso sobre el tablero.

El final —ese cierre que me rasga el corazón— funciona como el colofón perfecto de una canción bellísima. A mí me hacía soñar porque me empujaba a añorar una pérdida inexistente, justo cuando se abría ante mis ojos la ventana de lo que estaba por venir: "Hiciste bien en quedarte aquí, en este valle de paz. Todas las cosas que aquí ya no están, acompañan mi soledad. Todo lo bello lo he visto aquí, no necesitas más..."

Y así es: con esta canción, en aquel instante, yo no necesitaba nada más.

Siglos después, el famoso hidalgo sigue inspirando sueños y realidades alternativas que, sin duda alguna, serían mucho mejores que la nuestra.




miércoles, 17 de junio de 2026

166 - Los andares laborales



 




El hábito no hace al monje, pero los andares dicen mucho del trabajador frente al trabajo. Ahora que estamos inmersos en entrevistas interminables para un puesto con un salario de 1500 euros —donde te piden prueba, psicotécnico, análisis de opiáceos, tamaño del pene (para ellos) y todo lo que se le ocurra al memo de turno de Recursos Humanos (maldita palabra)—, yo propongo que analicen nuestros andares para saber la capacidad productiva del obrero, esté especializado o no.

Por el trabajo que tengo, me he dado cuenta —por eso de los andares— de quién es receptivo a la producción y quién no. Porque coincide que aquellos que tienen una cadencia lunar a la hora de transportarse, andando de un lado a otro, son más perros que Niebla (el perro de Heidi); mientras que los que tienen unos andares más vivos y estirados que los anteriores, estos sí, tienen una predisposición más comprometida con el trabajo.

Por lo tanto, ahora en las entrevistas de trabajo todos tienen que desfilar como si fuera la pasarela Cibeles y, el que no lo haga correctamente, que se haga vigilante de coto de caza u operario de mulillas de plaza de toros.

domingo, 7 de junio de 2026

165 - En un lugar de......




Siempre me ha parecido mágico el inicio del maravilloso libro del Quijote de la Mancha. Lo he leído dos veces y siempre saco algo que se puede aplicar para la vida en alguna situación concreta, a la vez que me produce mucha nostalgia porque últimamente ando algo absorto en mis cosas pensativas.

Si le pudiera dar un giro contemporáneo/abstracto a esta obra —o mejor dicho, a las primeras pinceladas armoniosas de la misma, el que construyó esta historia y que todo el mundo conoce—, podría aventurarme a algo así:

En un lugar del ciberespacio, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivíamos yo y vosotros, en ese orden, enfrente del mismo. No me quiero acordar porque en este espacio existen monstruos y personajes malignos que nos intentan meter el veneno del lado oscuro para convertirnos en siervos del mismísimo mal.

En ese mal chapoteamos yo y vosotros, en ese orden, y lo que antes parecía algo sacado del futuro ahora está aquí, presente, intentando imponer su verdad, que en realidad es una mentira repetida millones de veces. Es por eso que, lanza en ristre y mi escudero gordinflas —que en realidad somos el mismo, uno y bino, del latín ¡cuánto tenéis que aprender de la lengua de Séneca!, que es un auto de fe en realidad—, me enfrento a los gigantes de los megabytes sin pensarme dos veces las consecuencias que puedan acarrearme. Y sí, sí me las acarrea, porque acabo magullado en las aspas de los molinos, formadas por cientos de personas que defienden verdades absolutas que no existen pero que, otra vez, repetidas tantas veces, parecen la verdad.

Viajo o navego, que es lo mismo, sin un mapa ni un sextante que me oriente en la noche, en esta noche que a veces me parece eterna y fría. Y cojo nuevos caminos, decido dónde ir en las encrucijadas de los mismos, porque la aventura está llena de decisiones, algunas dolorosas y otras "non". Me dan muchas ganas de hablar hasta con los grillos, si fuera entendible para su idioma, porque seguramente me contarían cosas más interesantes que las que me pueda contar el ser humano; que, aunque hablemos un idioma idéntico, hace tiempo que he dejado de entenderle por salud mental.

Sancho y yo, que como he dicho antes somos uno mismo, hablamos de cosas curiosas y lo que dice uno puede contradecirlo el otro. Si yo digo A, él dice B y viceversa; es lo que tiene tanta vida interna o tanta clausura que cada uno se autoimpone para apartarse del ruido ensordecedor de fuera. Porque todo era armonía ahí fuera y ahora no lo es. Es por esto que hay que seguir trotando con mi famélico Rocinante  en busca de mi Dulcinea, que bien puede ser una persona como puede ser una ínsula. Sea lo que sea, siempre será un lugar más apacible que este.

 

miércoles, 3 de junio de 2026

164 - El perfume de la revolución: cuando Lancôme se cruza con Stalin






 


Construir historias imaginarias es mi cable a tierra. Me ayuda a despertar la mente y a evitar que mi sistema cognitivo termine en el punto limpio, entregando las credenciales antes de tiempo. En las viejas películas de Tarzán lo llamaban «el cementerio de elefantes», pero hoy no he querido ser tan dramático.

Todo este delirio —que parece parido por el mismísimo realismo mágico— surge tras cazar al vuelo dos frases en la calle: «olfato fino» y «olor a proletario». A veces siento que el mundo me lanza conceptos para que yo los recoja y construya con ellos historias rocambolescas. Historias que, aunque parezcan no tener pies ni cabeza, me obligan a pensar, a escribir y a vivir a un ritmo diferente. Uno que no sea el de nacer, crecer, multiplicarse y morir... como las cucarachas. Esta es la mini historia:

Ella es de olfato fino. De las que captan tanto lo existente como lo imperceptible. Tiene lógica: se ha criado en el pasillo de los perfumes caros de El Corte Inglés. Él, en cambio, también tiene buen olfato, pero el suyo está curtido en los aromas del proletariado,  de barriada, de fragua, de coche de segunda mano y de pincho de tortilla recién hecho en un bar donde la campana extractora funciona a duras penas.

Son dos mundos opuestos. Sin embargo, por puro capricho del destino, él quiere aproximarse al de ella y ella al de él. Es un choque de trenes fascinante del que surge —por lo que sea, o por detalles que no vienen al caso— un amor intenso. Estas cosas pasan. Suceden porque nadie, absolutamente nadie, sabe dónde se esconde el perverso Cupido para lanzar sus dardos como nos cantaba Carina en su célebre canción: las flechas del amor.

El olfato es un sentido curioso: lo que a uno le resulta repugnante, a otro le fascina. Pero siempre hay una tierra de nadie donde las miradas y los «labios olfativos» se juntan. Y ahí, por raro que parezca, coinciden.

Para que me entiendan: el camino transita entre la sofisticación de un frasco de Lancôme y las lecturas obligatorias de Stalin (esas necesarias para entender de qué demonios va la revolución proletaria). Porque vamos a ser sinceros: que uno tenga el olfato fino no quita que pueda organizar una buena insurgencia para cambiar las cosas. Es más creo que la revolución tiene que oler bien. 

Al final, como decía, las piezas encajan. Los diálogos se vuelven de azúcar y la poesía empieza a manar de entre las piedras. Antes de esto, yo pensaba que unir piedras y poesía era un imposible. A no ser, claro, que consideremos un acto poético, que sí, el lanzar adoquines a las brigadas represoras del sistema. Ya saben lo que se gritaba en el Mayo del 68: «¡Debajo de los adoquines está la arena de la playa!». Y todos sabemos perfectamente a dónde iban a parar esos «artefactos».

Así son las grandes historias: una mezcla imposible de perfume francés, barricadas y un amor que huele a gasolina y a rosas.


PD. Maldigo al grupo Alcalá Norte y su tema: la calle elfo, porque me ha llevado a  escribir esto. 


lunes, 1 de junio de 2026

163 - El club de la ducha




Llega la época estival —ese eufemismo para no decir que nos vamos a asar vivos— y el transporte público empieza a convertirse en una sucursal del mismísimo infierno.

Cada tarde después de trabajar, metido en el vagón de metro, no puedo evitar ponerme nostálgico. Recuerdo cuando era chico y mi madre me llevaba a El Corte Inglés. Ella era muy de El Corte Inglés, las cosas como son. Nada más entrar, la planta baja te recibía con todos los grandes perfumes de marca del mercado. Aquello era una sinfonía de fragancias caras que me hacían viajar olfativamente por todo el globo.

Para mí, aquello era el descubrimiento de un nuevo continente. Al fin y al cabo, yo era un zagal de pueblo cuyo mapa olfativo se limitaba, como mucho, a las vacas de David o de Santiago, o a las ovejas de Anselmo. Así que entrar allí suponía una depuración interior de mi cuerpecillo que me venía la mar de bien. Es más, cuando volvía al pueblo, los amigos me decían que traía "hasta mejor color". El poder del lujo, supongo.

A día de hoy, el transporte público es el reverso tenebroso de aquellos grandes almacenes. En el metro o en el bus no es que huela a las vacas de Santiago o a las ovejas de Anselmo (que casi se echaría de menos); allí dentro se genera una eclosión de olores digna de estudio científico. En un solo trayecto de tres paradas puedes identificar, perfectamente conjuntados y a la vez: sudor añejo de jugador de pádel post-partido, gasoil quemado de la EMT madrileña, fritanga de bar de raciones de barrio en hora punta, "esencia de gimnasio" emanada por el bajito que se agarra a la barra vertical justo enfrente de mi, y un sutil toque a pedo y fondo de alcantarilla. Todo junto. En bucle. Estoy completamente convencido de que, dentro de unos años, viajar en hora punta en julio será considerado enfermedad profesional porque directamente te destruye las fosas nasales.

Si juntáramos la atmósfera de El Corte Inglés con la del vagón de las 16:30, las consecuencias serían exactamente las mismas que juntar materia y antimateria. Como bien sabéis, cenutrios, estas se anulan mutuamente generando una ingente cantidad de energía en forma de rayos gamma. Y ojo, que los rayos gamma son malos porque son radiación pura. Pero mirad, entre la radiación y volver a entrar en la 22 Compañía de Araca-Vitoria donde hice la mili —donde había tal ecosistema de pedos, sudor, pies y esa mugre reglamentaria que todo ejército que se precie debe lucir—, os digo yo que me quedo con los rayos gamma. Son muchísimo más limpios.

Por eso, queridos lectores, me proclamo miembro fundador y presidente honorífico del Club de la Ducha. Es una medida democrática, es social, es barata y, sobre todo, evita que los demás tengamos que perder el sentido del olfato solo porque tú hayas decidido reconciliarte con tu entorno natural. 

¡Agua y jabón para todos!