El inicio del cine para adultos en la televisión de este país se lo debemos, sin duda alguna, al Canal+. Gracias a esa bendita señal codificada, pasamos de la escasez de movimiento y del gemido mudo en las revistas que escondíamos bajo el colchón, a ver el porno "con movimiento"... pero sin sonido.
Y fue sin sonido porque, en aquella España de los noventa, nosotros no éramos precisamente la élite financiera. No podíamos permitirnos el lujo de pagarle la mensualidad al señor Polanco (aquel a quien José María García bautizó como "Jesús del Gran Poder"), a quien le endosaron esta tele gracias a la mano —del ahora facha— de Felipe González.
Mi bautismo en esta disciplina, que para nosotros era casi un deporte olímpico de agudeza visual, lo compartía con mis amigos cada viernes noche. A eso de las doce o la una de la mañana, allí estábamos. Entre raya y raya de interferencia, intentábamos vislumbrar lo que parecía ser una vagina sedienta de sexo o un pene de dimensiones tan bíblicas que generaba un silencio sepulcral de envidia entre el respetable.
Nos plantábamos frente al televisor con nuestra silla y los ojos como platos, intentando descifrar el jeroglífico de píxeles para intuir de qué iba la postura. Éramos como expertos en arte abstracto, pero con las hormonas a mil. Aplicábamos ingeniería de salón para ganar un ápice de nitidez entre tanta distorsión:
— Anselmo, echa la silla más para atrás, que de lejos parece que se distingue una rodilla. — ¡Qué dices, chaval! Acércate, que así se aprecia mejor la cadencia del "chaca-chaca" —me contestaba él, casi babeando sobre el parqué. — Enga, saca el Ducados y a disfrutar del espectáculo... si es que lo encontramos.
Cuando la sesión terminaba a las tantas, nos íbamos a la cama con un calentón del quince y más solos que la una, repitiendo el ritual cada viernes de aquellos años de piso compartido.
Hoy tengo claro el origen de mis problemas de vista: no es la edad, ni el móvil. Mis dioptrías nacieron en esas "sesiones golfas" que nos metíamos entre pecho y espalda, como posesos de un erotismo de geometría variable.
¡Maldito seas, Canal+! Tú nos enseñaste que la imaginación es el mejor decodificador.





















