El viejo grupo musical conocido como Topo tiene una canción titulada "La reina del vagón", a la que siempre que puedo hago referencia porque me produce cierta nostalgia "tristológica". Efectivamente ella, a la que hace referencia la letra, era la auténtica reina de la red de Metro de Madrid; lo que pasa es que ahora, ajustándola al consumo social desenfrenado, es "la reina del Lidl", que es de lo que yo quiero hablar.
Como sabéis, esta red de supermercados es alemana, lo que significa que nos ofrece no solo comida, sino también cachivaches: máquinas de esas que se enchufan, destornilladores o una manta térmica para las duras noches de invierno (algunos alemanes y otros no, que quede claro). Uno puede entrar a por un kilo de naranjas de zumo y llevarse un juego de destornilladores Casal para su casa sin pensar si los necesita o no.
Pues bien, de quien os hablo es de alguien ficticio. Este título sugerente me ha hecho concebir una historia, porque llamar a este post "La reina del Lidl" tiene para mí fuerza creativa. Si tengo que tirar de imaginación, esta reina es una mujer impresionante, de anchas caderas y melena aterciopelada al viento. Se cimbrea al andar como un ciprés un día de viento, siendo también estilizada como este tipo de árbol. Posee una sonrisa cálida y permanente que imprime carácter, hasta tal punto que su presencia en el Polo Norte podría deshelar toda el agua dulce en forma de hielo acumulada en el; o como diría mi madre: "resucita hasta un muerto".
Ella es una mujer que quita el hipo, o te lo provoca, o ambas cosas a la vez, ya que al pasar a tu lado deja un halo de "lunática tristeza", como dice la canción de Víctor Manuel y Ana Belén, quien sabe si sintiéndonos insignificante en este puto mundo ante esta "aparición". Pues bien, ella es la que cada vez que va a este establecimiento se trae un cachivache entre los pepinos y los tomates para la ensalada. Da igual si lo necesita o no; es lo mismo: es una oportunidad y hay que cazarla al vuelo en este ritmo que los mercados nos imponen.
Quizás sea ahí donde se esconde su verdadera riqueza como persona, una riqueza incalculable que yo veo más como una genialidad que como un reproche. Ese es su encanto, esa es su lindeza. No es que conozca a la persona que describo —que no—, pero cuando voy al Lidl (que voy poco), veo picotear a muchísima gente en estos estands de cachivaches variopintos. Esa observación hizo que se me iluminara la cabeza —que no solo la tengo para portar unas gafas— y construyera una historia que, por razones del guion (o por imperativo legal), había que contar.
Os invito a ser un poco sociólogos, a ver lo que nos rodea y analizar todo esto, ya que hay una riqueza impresionante a nuestro alrededor. Ella, la reina del Lidl, es la auténtica protagonista de ese lugar, no tengo duda; pero, por lo que puedo llegar a imaginar, puede ser la reina de lo que le dé la gana, porque tiene una fuerza que muchos quisiéramos para nosotros.
Os dejo, de paso, la canción de Luna, a la que antes he hecho referencia y que me sirve para reflexionar de todo y de nada.





















