Mi romance musical con Peter Gabriel comenzó allá por el año 84, bajo el cielo de Santander y entre el humo de los "petardos" del Malaguita. El Malaguita era mi compañero de armas, un tipo de una anodina sencillez que seguramente no pasará a la historia por nada, pero que en su mundo de porros y paz era plenamente feliz. No daba guerra alguna; de hecho, siempre tuve la sensación de que era la mascota oficial del centro de transmisiones militares de la Capitanía General de Burgos, la VI, concretamente. Allí, día sí y día también, nos "torturaba" con el legendario álbum en directo Plays Live. Quién me iba a decir a mí que aquella tortura se acabaría convirtiendo en mi religión.
Me desvío. Peter Gabriel, junto al gran Franco Battiato, han sido los arquitectos que me han permitido soñar con futuros floridos y hermosos. Si de Battiato aprendí a amar la música clásica, de Gabriel absorbí los ritmos del mundo, la obsesión por la calidad y, en última instancia, el vicio de enamorarme de la vida a través de los oídos. Para mí, Gabriel jugará en la misma liga que Bach cuando el tiempo dicte sentencia. Nadie como él entiende que la música es algo que debe acariciarnos con una ternura espectacular para luego, casi sin avisar, colarse en nuestro interior y modelar nuestra percepción del mundo. Sinceramente, envidio a este tipo de personas; admiro su capacidad y su finura casi divina para componer músicas, letras y ritmos que, de verdad os digo, debéis escuchar por obligación.
En su incursión en el cine, no os podéis perder la banda sonora original de La última tentación de Cristo. Aquí Gabriel se salió de todos los márgenes establecidos y creó una obra de arte sin precedentes. En ella utilizó instrumentos de Oriente Medio, logrando una atmósfera mística donde incluso la letra, si no recuerdo mal, era en arameo. Eso sí, un consejo de amigo: antes de sumergirte en ese laberinto, conviene haber caminado un poco por la discografía previa de Peter.
Muchos os preguntaréis a qué viene hoy hablar de este músico, y os tengo que confesar que llevo una semana refugiado en sus canciones. En casa, atrapado en el atasco o cuando salgo a andar, me "torturo" voluntariamente con sus ritmos. Ahora mismo suena ese súper tema llamado "Mercy Street". Me hace bien, me levanta un ánimo que este invierno infernal se ha encargado de desgastar; simplemente, lo necesitaba. Aquí debajo os dejo un enlace para que descubráis lo que significa la música de calidad. Disfrutad del viaje.
Pincha el enlace y soñarás;
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