Es un hecho indudable: desde que el Régimen del 78 irrumpió en nuestras vidas, el saqueo de la propiedad pueblo no ha dado tregua. Y que nadie se equivoque: señalar esto no es defender el franquismo, ni mucho menos. Lo que denuncio es que, tras una dictadura sanguinaria, en lugar de conquistar derechos reales, nos empujaron hacia un ultra-Lliberalismo salvaje y devorador que hoy nos quita la salud y el futuro.
Este saqueo ha contado con la cobertura perfecta: la legalidad. Bajo el amparo de leyes hechas a medida, las joyas de la corona —Telefónica, Endesa, Repsol, Enusa, Auxini, Enosa, Indra, SEAT y Enasa— todas ellas del INI (Instituto Nacional de Industria) fueron malvendidas a precio de saldo. Cayeron en manos de amigotes de farra que, a cambio de estas gangas, financiaron las campañas de esta democracia liberal podrida, entre putas y farlopa, fiestas y yates. Porque no nos engañemos: en este sistema, el libre mercado y el capitalismo son solo los nombres elegantes de la corrupción institucionalizada.
En todo este proceso han participado los dos pilares del sistema corrupto, PP y PSOE, de la mano del mafioso Felipe González —fiel heredero de las formas de corromperse del franquismo— y su discípulo fiel, José María Aznar. Estos dos pájaros han sido los colaboradores necesarios para despojar al pueblo español de lo que legítimamente le pertenecía.
Hoy, esa inercia continúa de forma descarada. Lo vemos en la «Comunidad de Quirón» (la Comunidad de Madrid), donde el dinero público se entrega sin pudor a manos de empresas insaciables de recursos. Aquí ya no queda nada; lo nuestro está en venta al mejor postor mientras nos dicen que es por nuestro bien. Y ojo, que esto es solo el saqueo «legal»; si nos vamos al ilegal, las dimensiones del robo alcanzan una escala estratosférica.
En este juego de trileros han utilizado el lenguaje para forjar el pensamiento de muchos trabajadores y ciudadanos. Ya lo dijo Lenin: «La primera batalla, y la más difícil de ganar, es la cultural». Nos han impuesto una neolengua bajo el disfraz de la modernidad. De la propiedad del pueblo, de nuestras empresas y de nuestros medios de transporte de los que estábamos orgullosos, hemos pasado a nombres sin alma y conceptos vacíos como las «clases medias, o empresas públicas», quitándonos la sensación de posesión de lo que es nuestro.
Enteraos de una vez: nos están robando a manos llenas mientras muchos siguen «a por uvas», votando a gilipollas que nos saquean sin que les tiemble el pulso. Esta fiesta se la estamos pagando nosotros con nuestro esfuerzo. No seáis cómplices del desahucio de lo que es nuestro.





















