No puedo más con las cosas que suceden por el mundo. Pongo las noticias de La 1 y solo hoy, es decir, lo de ahora: que Trump quiere medio mundo, que Netanyahu quiere quedarse con todo Oriente Medio, que Occidente está con Ucrania a pesar de ser un avispero de nazis. Aunque hoy es algo distinto. Hoy es uno de los días de la quincena en que como empanadillas. Empanadillas congeladas compradas en el Carrefour de casi aquí al lado, aunque hablar de aquí al lado en una gran ciudad lo mismo significa que dista un kilómetro y medio. Soy un ferviente y devoto fan de la empanadilla. Reconozco que son perversas para la salud, digo las industriales, pero, como he dicho antes, cada unos quince días me como una caja de la marca La Cocinera. Todo este vicio empezó en el Colegio Diocesano, en la ciudad de Ávila, donde estuve interno a petición propia durante un maldito año. Es un colegio de curas, sí, pero era un buen centro educacional. Las comidas y las cenas eran demenciales, por lo menos pa...
Toda una vida estaba metida en esa caja roja del demonio. Todo: fotos de mis padres, mías de pequeño, de mis amantes fugaces —aunque estas me daban igual, ya que solo verlas me hierve la sangre por las malas experiencias— e incluso documentos importantes. Pero nada, no había manera de entrar en su interior. No sé la razón por la que este maldito chisme había decidido que hasta aquí había llegado y, la verdad, estaba desesperado. Incluso tenía experiencias cercanas a la muerte de lo mal que una mierda de aparato podía hacerme sentir en mi apesadumbrada vida. Tenía, por una cuestión de supervivencia, que arreglarlo y la solución era fácil: llamar a mi amigo Pedro, que es informático y de los buenos, para que me dijera cómo hacerlo o que se viniera a casa, se tomara unas birras y me lo arreglara. Pero cada vez que viene me atraca la nevera y se bebe hasta el agua de los platos de los tiestos que están por casa, aunque, gracias a Dios, son pocos. Aparte de eso, es un pesado de narice...