Mi habitación es una habitación al uso. No tiene nada de especial salvo una ventana —como cualquier ventana—, una cama que ya tiene sus años y que siempre está desmelenada, y una televisión de esas finitas de marca desconocida que ni siquiera es una Smart TV ; es decir, una televisión miserable. Ah, y la ropa sucia por todas partes: unos calzoncillos sudados del deporte de la mañana en un rincón, una camiseta colgando del manillar de una bici estática llena de polvo, desde hace días (bastante pestilente, a decir verdad) y algunos jerséis del invierno pasado colgados de las puertas del armario empotrado. Vamos, la estancia de cualquier joven de hoy en día. Lo que ocurre es que yo tengo ya cincuenta años. Puedo llevar viviendo en esta casa unos veinte años y jamás me había fijado en la retroexcavadora que ocupa la mitad de mi reino, es decir, de mi habitación, que es donde hago mi vida. Es algo extraño, ya que las visitas que han venido a los juegos de amor tampoco me habían ...
Es verano, tiempo de hacer gilipolleces que no haces durante el duro invierno. Este año me ha dado por arrastrarme por la carretera con mi bici Decathlon de más de veinte años y más de veinte kilos de peso, gracias a los extras añadidos por mí, como un transportín para las alforjas ( no confundir con la película Trainspotting, del director Danny Boyle ) y una pata de cabra que, por lo que sea, siempre se me caía al suelo. Total, si sumamos pesos, hay que añadir a esos veinte kilos el sobrepeso propio de los vicios adquiridos de engullir oreja y torreznos: puedo estar hablando de que desplazo casi cien kilos de nada. Por eso lo llamo «ciclismo de baja intensidad» , porque a la vez que das pedales arrastras la lengua por el asfalto. Soy hombre de carretera, si de ciclismo hablamos, porque en el campo, por lo que sea, siempre termino pinchando, que fue precisamente una de las causas por las que dejé este noble deporte. No es solo que pinchara todos los fines de semana que salía a pe...