Sigo sin vivir en mí, de verdad. Desde que a los desgraciados traidores les dio por izar la bandera de los zares en Moscú, mi cerebro vive en una huelga constante contra la realidad. Con una nostalgia deslumbrante y la esperanza de quien espera el regreso del Sputnik, me fugo mentalmente a mi querido Berlín Este: el único Berlín auténtico que existió antes de que la OTAN y sus amigos decidieran que lo mejor era "fagocitarnos" con patatas fritas.
Hoy os traigo la Alexanderplatz, ese centro neurálgico del Berlín antifascista que aguantaba el tirón frente al capitalismo mundial sin despeinarse. Fijaos en esos edificios socialistas: ahí están, como centinelas de hormigón armado, protegiendo al ciudadano de a pie de las tentaciones del mal (y de paso, del viento helado del Báltico). En lo más alto veréis la sede de Interflug, la gloriosa línea aérea que llegaba a donde hacía falta sin necesidad de venderle el alma al diablo.
Y, por supuesto, la Torre de Telecomunicaciones. Los vecinos de la RFA —esos "demócratas" de toda la vida— la llamaban armatoste, envidiosos porque ellos no tenían nada que hiciera sombra a su amada Coca-Cola. Pues mirad por dónde: hoy es el monumento más visitado de Berlín. ¡Toma ironía histórica! Son unos mendrugos de pan duro, no hay más que verlos.
Pero si buscáis el verdadero salseo popular, hay que ir al Reloj Mundial. Allí se citaba la sana juventud berlinesa, gente que se divertía sin necesidad de las porquerías que el mercado libre nos vende ahora para que los políticos duerman tranquilos. Pasear por esas amplias aceras era reencontrarse con la alegría de la planificación centralizada; ese gran invento llamado RDA donde, al menos, sabían que el futuro era suyo... Ahora saben que ese futuro ya no les pertenece.





















