Llega la época estival —ese eufemismo para no decir que nos vamos a asar vivos— y el transporte público empieza a convertirse en una sucursal del mismísimo infierno. Cada tarde después de trabajar, metido en el vagón de metro, no puedo evitar ponerme nostálgico. Recuerdo cuando era chico y mi madre me llevaba a El Corte Inglés. Ella era muy de El Corte Inglés, las cosas como son. Nada más entrar, la planta baja te recibía con todos los grandes perfumes de marca del mercado. Aquello era una sinfonía de fragancias caras que me hacían viajar olfativamente por todo el globo. Para mí, aquello era el descubrimiento de un nuevo continente. Al fin y al cabo, yo era un zagal de pueblo cuyo mapa olfativo se limitaba, como mucho, a las vacas de David o de Santiago, o a las ovejas de Anselmo. Así que entrar allí suponía una depuración interior de mi cuerpecillo que me venía la mar de bien. Es más, cuando volvía al pueblo, los amigos me decían que traía "hasta mejor color". El poder del l...
Palabras, solo palabras.