He de reconoceros que siempre fui un auténtico «paquete» jugando al fútbol. Nadie me quería en su equipo; siempre acababa siendo el último en ser elegido para formar parte de alguno de los dos bandos contendientes. Era malo, pero de solemnidad. Cuando ya no quedaba más remedio que seleccionarme —simplemente porque no había nadie más—, me mandaban a la portería, ya que esa era la posición que nadie deseaba. Para más inri, era tan cobarde que, en cuanto me chutaban con fuerza, me apartaba. Tal era mi incompetencia que en los juegos escolares, a los cuales no faltaba ni un solo sábado, mis compañeros preferían jugar con diez antes que incluirme; decían que no servía ni para estorbar.
Y no penséis que por no ser un buen deportista me iba mejor en los estudios. Nada más lejos de la realidad: era un gran zoquete en todas las disciplinas.
Si tuviera que describir mi mocedad, diría que era extremadamente delgado (nada que ver con mi aspecto actual) y que llevaba botas ortopédicas para corregir mis pies planos. Aquel calzado pesaba un kilo por bota, y no exagero. Además, tendía a torcer los pies hacia dentro; es decir, era un pronador de manual. Por si fuera poco, combinaba la miopía con la hipermetropía y portaba con honor mi astigmatismo. En resumen: no veía tres en un burro. Para rematar la faena, tampoco era agraciado. Fui la «desgracia» estética de mi familia, como sucede en tantos otros hogares con alguno de sus miembros.
Sin embargo, a pesar de todo, jamás lograron arrancarme el sentido del humor ni las ganas de superación. Yo estaba convencido de que habría tenido un gran desempeño futbolístico como especialista en tiros libres, con o sin barrera. El problema es que las normas de este noble deporte —a diferencia del baloncesto— no permiten entrar y salir del campo de forma intermitente. Aquello lastró mi carrera infantil, pues solo me habrían necesitado para ejecutar las faltas.
Os preguntaréis: «¿En qué te basas para creer que hubieras sido un gran tirador de golpes francos?».
La respuesta es sencilla: mis pies torcidos y mi mirada perdida. Al no ver nada, el efecto del balón estaba garantizado, ya que siempre golpeaba el cuero de la misma forma impredecible. Con mi limitada visión, no había portero capaz de adivinar la trayectoria de la bola. Si a esto le sumamos mi expresión de «atontado prepúber», con la cara desencajada por el esfuerzo, era imposible que nadie descifrara mis intenciones.
Con todo esto, nunca necesité un psicólogo. El profesional en la materia era mi padre, quien, ante cualquier tontería o gilipollez, me propinaba una buena hostia que me hacía «resetear» el sistema y ver el mundo desde una perspectiva completamente distinta.
En fin, este es solo un pequeño retazo de mi vida; una vida, al fin y al cabo, como la de cualquier otro.

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