El otro día os confesaba que para el fútbol soy un cero a la izquierda, pero para el espionaje soy directamente un peligro público. Si el destino me hubiera dado a elegir, me habría encantado ser un agente del glorioso KGB, formando parte de alguno de sus directorios más oscuros; o mejor aún, formar parte de la Stasi, el servicio secreto de la RDA más eficiente de la historia. Pero seamos realistas: mi utilidad operativa es negativa. Si me hubieran mandado a Berlín Occidental a pasar un microfilm, acabo confesando hasta el nombre de mi primera mascota antes de cruzar el primer semáforo.
Y de esta cruda realidad me doy cuenta cada vez que cometo el error de ir al AutoKin a por la cena.
Todo empieza con una voz enlatada que me asalta desde el poste de comunicación para hacer los pedidos: «¿Es usted miembro de My Burger King?». Yo mantengo un silencio sepulcral, primero porque no tengo ni pajolera idea de qué me está hablando, y segundo porque el nivel de tensión en el coche ya es digno de un interrogatorio en Langley (salchichería de la CIA, es decir, donde pican carne enemiga, en Virginia, EEUU).
Entonces llega el momento de la verdad: —¿Cuál es su pedido?
Ahí arranca mi «gota fría» particular. Y no hablo de la meteorológica del Levante, sino de los chorretones de sudor que me bajan por la frente. Tengo que pronunciar nombres en inglés, un idioma que parece diseñado por el mismísimo Lucifer para humillarme. Mi dominio del anglosajón es tan nefasto, hablo de becerro-españolo de milagro, pero saco fuerzas de flaqueza y balbuceo: —Pues... un menú Woper.
—¿Con qué bebida? —me espeta ella con una voz de Mata Hari, de esas que lo mismo te acunan a un bebé que te clavan un puñal en los riñones. —Agua —suelto yo, cortante, intentando camuflar mi timidez tras un halo de misterio que no se cree nadie. —¿Patatas Supreme o normales? ¡Joder, qué estrés me está metiendo la moza! —Supreme. —¿Algo más? —Sí, dos de chilichis. —¿De 6, de 8 o de 12 unidades?
«Joooder», pienso yo, «¿esto es una cena o un examen de cálculo de estructuras?». —De 8 —respondo al azar, sintiendo cómo la presión arterial me nubla la vista. —¿Algo más? «¡Sí, sí y mil veces sí! ¡Coño! Espérate un segundo, que no me llega el oxígeno al cerebro con este interrogatorio de tercer grado». —Dos de aros de cebolla. —¿De 6, de 8 o de 12?
Esto es un agujero negro. Un bucle infinito. Sé que de aquí no salgo vivo. —De 9 —suelto por pura desesperación envuelto en un manojo de nervios que no de espárragos. —De 9 no hay —me suelta la dulce vocecilla, con un tonito que claramente grita: «Pero ¿quién es este infraser y por qué no lo han encerrado ya?». —Pues de 8... —le confirmo, hecho un guiñapo humano y con el pulso a doscientas pulsaciones. —Pase por la segunda ventanilla, por favor —concluye ella, recuperando su gélida voz de GPS.
¡Por fin terminó el calvario! He salido de allí con la sensación de haber aprobado un examen del instituto por los pelos, sollozando de puro agotamiento nervioso ante el acoso de la hamburguesería.
Ahora entenderéis por qué no valgo para espía ni para robar un lápiz de IKEA: se me pone una cara de culpable que se detecta desde un satélite espía a diez kilómetros de distancia. Uno no ha nacido para ser valiente, qué le vamos a hacer.

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