Como si de la guerra relámpago se tratara, hoy mis camaradas y yo hemos hecho una incursión al mercado del Barrio de las Águilas de Madrid, y concretamente a la tienda llamada Herrera. Ha sido tal el acoso al que la hemos sometido que se ha asemejado bastante al que sometieron los romanos a Numancia. Estas tiendas, para los que nos gusta zampar como si no hubiera un mañana, o como si Putin nos mandara un misil termonuclear y tuviéramos que atesorar comida, son lo mismo que significa el Monasterio de El Escorial para los amantes del arte: un clímax insuperable. En este palacio del embutido selecto, su manjar estrella es la cecina de Kobe a casi cuarenta pavos los cien gramos, total, ¡ná!, entre otras cosas como el pastrami de wagyu. Sabemos que el paraíso de los cristianos es el cielo, el de los musulmanes es ir con no sé cuántas vírgenes y el de los judíos es el cielo de ida y vuelta. Pero alguien debería hacer un estudio de mercado sobre el mundo del embutido y crear una religió...
Palabras, solo palabras.