Soy un firme defensor de la pereza. No hablo de la desidia gris, sino de esa fuerza que nos hace hombres y mujeres libres. La pereza es el caldo de cultivo de la creatividad; revitaliza las constantes vitales y nos regala esa observación privilegiada que solo se obtiene desde una perspectiva horizontal o diagonal. Porque, nos guste o no es otra forma de ver y entender el mundo.
En este planeta de velocidades infinitas y productividad tóxica, la pereza es un derecho fundamental. Es nuestra pausa obligada, nuestro momento reflexivo. Es ese alivio casi espiritual, comparable a cuando vas al baño a "hacer de vientre" y todo fluye sin el drama de un estreñimiento ocasional o no. Simplemente, la vida y las heces, corren como pasan los trenes por la línea 6 del Metro de Madrid en hora no punta.
Sus militantes seguidores somos, en realidad, los grandes perfeccionadores de los procesos productivos. ¿Por qué? Porque somos capaces de simplificar cualquier tarea hasta el absurdo. Los perezosos hacemos lo que sea en tiempo récord y de la forma más fácil posible por un único y noble fin: seguir retozando en cualquier rincón del planeta.
Paso de los que dicen que "se comen el mundo". Paso de los que predican que siempre hay que estar haciendo algo en lugar de nada. Mi pregunta existencialista es simple: ¿Para qué? ¿Acaso hay algún fuego que apagar ahora mismo? Si la respuesta es no, entonces mi sitio es el sofá.
Ya lo dijo el bueno de Bill Gates —ese gurú de los cacharros que se enchufan a la pared y piensan por nosotros—. Él siempre confesó que, para poner en marcha sus inventos más complejos, buscaba a los más perezosos y vagos de la empresa. ¿La razón? Solo ellos encontrarían la manera más rápida y económica de hacerlo, ahorrándole millones de dólares en el proceso productivo. Así que, ¡bien por el bueno de Bill! y bien por todos nosotros.
Me voy a tumbar, que solo de escribir esto ya me he agotado.
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