No soy hombre de gimnasio. Dios no me dotó de paciencia, ni de constancia, ni mucho menos de la genética necesaria para lucir unos gemelos dignos de ese nombre. Me otorgó los músculos justos para mantenerme de pie y desplazarme con cierta dignidad, nada más.
Sin embargo, a veces me asalta el deseo de ir al gym. No por salud, sino por estética identitaria: quiero tatuarme algo en los gemelos que me identifique como un hombre de nuestro tiempo. Pero claro, la anatomía manda: o tienes los gemelos duros, o lo único que puedes tatuarte es un espárrago de Tudela con denominación de origen.
Barajo varias opciones para el diseño: una tela de araña, una garra, la bandera imperial japonesa, un código de barras o incluso mi número de DNI por si me pierdo. Pero entonces aparece el gran dilema: ¿Realmente merece la pena basar mi dieta en pechuga de pollo, arroz blanco y cagar duro solo por un dibujo? Es renunciar a demasiado. No sé si estoy dispuesto a sacrificar mi tránsito intestinal solo por lucir unos gemelos como alcachofas.
