A ella la percibí así en una cola, cualquier cola, o de la cola que haya que hacer para conseguir algo. No hablaba, solo gesticulaba y carecía de lenguaje conocido por seres de este planeta. Quizás en eso resida su encanto, no lo sé, pero sí captó mí atención desde el minuto uno de mi insignificante existencia, si hablamos de tiempo geológico.
Cara simpática; por esa cara parece que no pasa el tiempo, ¡es atemporal! Es una Gioconda de nuestro tiempo, de este tiempo convulso que nos ha tocado vivir, puesto que refleja alegría y tristeza a la vez. En todo ese gran momento me fijé en la cara de asombro que provocaba en la persona que la estaba atendiendo, ya que no articulaba palabra y todo eran onomatopeyas de todo tipo y condición.
Asombrado —porque soy una persona de grandes asombros ante todo aquello que se sale de la pauta—, no la quitaba el ojo. Pensé: este momento lo tengo que inmortalizar porque a esa nueva musa de la neolengua hay que inmortalizarla de alguna manera. Era especial y espacialmente la he tenido que traer a este blog para que el futuro, que mirará al pasado en su momento, no la olvide cuando yo falte.
Al rato, después de comunicarse como si fuera un extraterrestre, consiguió lo que se proponía. Solo tenía que ver la cara de satisfacción de ambas por un trabajo bien hecho. Eso sí, cuando todo pasó, ella terminó diciendo un: «chimpún». La rúbrica que no podía faltar a esta bonita historia.
Me encanta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario