miércoles, 4 de marzo de 2026

144 - Oda a la lata azul: El ungüento que todo lo cura (y que casi nos cuesta la piel)





Olvidaos de la rueda, la penicilina o internet. El verdadero hito de la humanidad es la Nivea de lata azul. Si tienes más de 30 años, sabes de lo que hablo: ese objeto circular que en casa de nuestras madres no era una crema, era una religión.

En mi época de infante, mi madre la usaba para TODO. ¿Que llegaba el verano? Nivea para protegerte del sol (aunque el concepto "factor de protección" no existiera en su diccionario). ¿Que te quemabas como un gambón en chiringuito? Más Nivea. Pero el nivel experto llegaba cuando las madres querían ponerse morenas: mezclaban la crema con Mercromina y se ponían a tostarse al sol. Aquello no era un bronceado, era una reacción química digna de Breaking Bad.

Esta crema es la auténtica navaja suiza. Hasta tal punto llegaba la devoción de mi madre por este "Bálsamo de Fierabrás" que —y juro que esto es verídico— cuando yo le decía que la cadena de mi bici hacía ruido porque estaba más seca que un campo de Castilla en agosto, ella, ni corta ni perezosa, embadurnaba los engranajes con Nivea. ¡Y oye, que la bici andaba! Las madres de antes no necesitaban tutoriales de YouTube, tenían la lata azul.

Eso sí, aplicártela por el cuerpo era un deporte de riesgo. Aquello no tenía ningún poder deslizante; tenía la densidad del hormigón armado. Intentar extenderla de forma homogénea era imposible, a menos que usaras una llana de enyesar paredes. Yo me escondía en cuanto veía la lata, porque la sensación no era de hidratación, sino de que me estaban haciendo una exfoliación agresiva con una lija del número 4. Sentía que me arrancaban la piel a tiras.

Sin embargo, el tiempo nos da la razón (o nos convierte en nuestras madres). Hoy en día la sigo usando para todo, incluso para la cara. Es la mejor del mercado; nada de esas cremas modernas que te cuestan diez euros el "brochazo" y huelen a flores del Himalaya.

Eso sí, un consejo de veterano: cuidado con dársela de día. Si sales a la calle con la cara embadurnada y te da el sol, terminas con la piel brillante y aceitosa, como un buen bocadillo de calamares de la Plaza Mayor.

Ahí os dejo mi gran secreto de belleza. No sé si quita las arrugas, pero me hace sentir, por lo menos, diez minutos más joven (y mucho más nostálgico).

 

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