El otro día os confesaba que para el fútbol soy un cero a la izquierda , pero para el espionaje soy directamente un peligro público. Si el destino me hubiera dado a elegir, me habría encantado ser un agente del glorioso KGB , formando parte de alguno de sus directorios más oscuros; o mejor aún, formar parte de la Stasi , el servicio secreto de la RDA más eficiente de la historia. Pero seamos realistas: mi utilidad operativa es negativa. Si me hubieran mandado a Berlín Occidental a pasar un microfilm, acabo confesando hasta el nombre de mi primera mascota antes de cruzar el primer semáforo. Y de esta cruda realidad me doy cuenta cada vez que cometo el error de ir al AutoKin a por la cena. Todo empieza con una voz enlatada que me asalta desde el poste de comunicación para hacer los pedidos: «¿Es usted miembro de My Burger King?». Yo mantengo un silencio sepulcral, primero porque no tengo ni pajolera idea de qué me está hablando, y segundo ...
Palabras, solo palabras.