Mi romance musical con Peter Gabriel comenzó allá por el año 84, bajo el cielo de Santander y entre el humo de los "petardos" del Malaguita. El Malaguita era mi compañero de armas, un tipo de una anodina sencillez que seguramente no pasará a la historia por nada, pero que en su mundo de porros y paz era plenamente feliz. No daba guerra alguna; de hecho, siempre tuve la sensación de que era la mascota oficial del centro de transmisiones militares de la Capitanía General de Burgos, la VI, concretamente. Allí, día sí y día también, nos "torturaba" con el legendario álbum en directo Plays Live . Quién me iba a decir a mí que aquella tortura se acabaría convirtiendo en mi religión. Me desvío. Peter Gabriel, junto al gran Franco Battiato , han sido los arquitectos que me han permitido soñar con futuros floridos y hermosos. Si de Battiato aprendí a amar la música clásica, de Gabriel absorbí los ritmos del mundo, la obsesión por la calidad y, en última instancia, el vicio ...
Palabras, solo palabras.