Construir historias imaginarias es mi cable a tierra. Me ayuda a despertar la mente y a evitar que mi sistema cognitivo termine en el punto limpio, entregando las credenciales antes de tiempo. En las viejas películas de Tarzán lo llamaban «el cementerio de elefantes», pero hoy no he querido ser tan dramático.
Todo este delirio —que parece parido por el mismísimo realismo mágico— surge tras cazar al vuelo dos frases en la calle: «olfato fino» y «olor a proletario». A veces siento que el mundo me lanza conceptos para que yo los recoja y construya con ellos historias rocambolescas. Historias que, aunque parezcan no tener pies ni cabeza, me obligan a pensar, a escribir y a vivir a un ritmo diferente. Uno que no sea el de nacer, crecer, multiplicarse y morir... como las cucarachas. Esta es la mini historia:
Ella es de olfato fino. De las que captan tanto lo existente como lo imperceptible. Tiene lógica: se ha criado en el pasillo de los perfumes caros de El Corte Inglés. Él, en cambio, también tiene buen olfato, pero el suyo está curtido en los aromas del proletariado, de barriada, de fragua, de coche de segunda mano y de pincho de tortilla recién hecho en un bar donde la campana extractora funciona a duras penas.
Son dos mundos opuestos. Sin embargo, por puro capricho del destino, él quiere aproximarse al de ella y ella al de él. Es un choque de trenes fascinante del que surge —por lo que sea, o por detalles que no vienen al caso— un amor intenso. Estas cosas pasan. Suceden porque nadie, absolutamente nadie, sabe dónde se esconde el perverso Cupido para lanzar sus dardos como nos cantaba Carina en su célebre canción: las flechas del amor.
El olfato es un sentido curioso: lo que a uno le resulta repugnante, a otro le fascina. Pero siempre hay una tierra de nadie donde las miradas y los «labios olfativos» se juntan. Y ahí, por raro que parezca, coinciden.
Para que me entiendan: el camino transita entre la sofisticación de un frasco de Lancôme y las lecturas obligatorias de Stalin (esas necesarias para entender de qué demonios va la revolución proletaria). Porque vamos a ser sinceros: que uno tenga el olfato fino no quita que pueda organizar una buena insurgencia para cambiar las cosas. Es más creo que la revolución tiene que oler bien.
Al final, como decía, las piezas encajan. Los diálogos se vuelven de azúcar y la poesía empieza a manar de entre las piedras. Antes de esto, yo pensaba que unir piedras y poesía era un imposible. A no ser, claro, que consideremos un acto poético, que sí, el lanzar adoquines a las brigadas represoras del sistema. Ya saben lo que se gritaba en el Mayo del 68: «¡Debajo de los adoquines está la arena de la playa!». Y todos sabemos perfectamente a dónde iban a parar esos «artefactos».
Así son las grandes historias: una mezcla imposible de perfume francés, barricadas y un amor que huele a gasolina y a rosas.
PD. Maldigo al grupo Alcalá Norte y su tema: la calle elfo, porque me ha llevado a escribir esto.
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