El hábito no hace al monje, pero los andares dicen mucho del trabajador frente al trabajo. Ahora que estamos inmersos en entrevistas interminables para un puesto con un salario de 1500 euros —donde te piden prueba, psicotécnico, análisis de opiáceos, tamaño del pene (para ellos) y todo lo que se le ocurra al memo de turno de Recursos Humanos (maldita palabra)—, yo propongo que analicen nuestros andares para saber la capacidad productiva del obrero, esté especializado o no.
Por el trabajo que tengo, me he dado cuenta —por eso de los andares— de quién es receptivo a la producción y quién no. Porque coincide que aquellos que tienen una cadencia lunar a la hora de transportarse, andando de un lado a otro, son más perros que Niebla (el perro de Heidi); mientras que los que tienen unos andares más vivos y estirados que los anteriores, estos sí, tienen una predisposición más comprometida con el trabajo.
Por lo tanto, ahora en las entrevistas de trabajo todos tienen que desfilar como si fuera la pasarela Cibeles y, el que no lo haga correctamente, que se haga vigilante de coto de caza u operario de mulillas de plaza de toros.

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