¿Te acuerdas de la película La playa? Hay un momento exacto que tengo grabado en la mente: cuando el personaje de Leonardo DiCaprio llega por primera vez a esa isla oculta. Ese instante bucólico donde, de repente, te encuentras contigo mismo o con algo superior.
Hablo de ese gesto de locura. Ese que nos dice que, por fin, has llegado exactamente a donde querías llegar. El gesto de sentir, con absoluta certeza, que estás en tu lugar en el mundo.
Ese estado de paz mental es el que intento mantener a diario. Y es el espíritu con el que quiero pisar cualquier playa, de cualquier lugar.
Si pudiera personificar a la playa, me sentaría frente al mar para hablarle y decirle:
«Eres mi lugar en el mundo otra vez, o tantas veces como haga falta. No quiero salir de aquí. Déjame estar, solo te pido eso, nada más».
A veces pienso en la magia de ese instante. Caminas entre hierbas tan altas como tú, abriéndote paso en lo desconocido, cuando de pronto se abre un claro inesperado. Un rincón donde no esperabas encontrar nada más que un simple refugio para descansar.
El siguiente paso es el verdadero descubrimiento: tropezarte con algo que no se suponía que debía estar ahí, o simplemente no esperar que la perfección de la naturaleza alcanzara ese nivel.
Muchas veces caminamos y caminamos sin un rumbo aparente. Nos gana la rutina, el piloto automático. Pero, de repente, aparece el momento.
Y ese "momento" no siempre es una playa. A veces es un ser humano como tú, que llega para cambiarlo todo. A veces es un olor que te evoca un recuerdo lejano (¿por qué no?) o una brisa repentina que te eriza el pelo sin que haga un frío aparente.
Al final, de eso trata la película de la vida: de aprender a reconocer esos oasis cuando aparecen frente a nosotros.

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