lunes, 6 de julio de 2026

170 - De la casa de huéspedes al hostels






La posmodernidad nos está regalando maravillas que yo creía ya extinguidas. Pero no. Hemos evolucionado de los piojos de las décadas de los 40, 50 y 60 a los piojos del siglo XXI: más gordos, inmunizados a la química, más sádicos y, por supuesto, diversificados en un catálogo infinito de nuevas especies.

Pues bien, ese mismo progreso parasitario es el que está sufriendo el sector turístico, aprovechando el atontamiento generalizado de una humanidad anestesiada.

Antes existían las casas de huéspedes: antros donde te alquilaban una cama y poco más, y que eran —hablando en plata— una auténtica mierda. Hoy los llamamos hostels. Son exactamente la misma porquería, pero con una capa de pintura pastel, cuatro muebles suecos de contrachapado y un marketing sobrealimentado de «buenrollismo». ¡Y el baño y la ducha compartidos en el pasillo! Como en las corralas madrileñas del año de la polka, pero pagando el precio de un hotel de tres estrellas.

Lo fascinante es cómo nos venden esta indigencia inmobiliaria como algo moderno, europeo, juvenil y digno de un «ciudadano del mundo». ¿Pero de qué mundo exacto? ¿Del tercero? Lo que realmente somos es un ejército de memos balando en el redil de cuatro desaprensivos que se están haciendo de oro a costa de nuestra credibilidad.

La humanidad avanza con paso firme hacia la gilipollez absoluta en un viaje de ida sin billete de vuelta. Yo, queridos amigos, me bajo en la próxima estación.

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