viernes, 7 de agosto de 2026

173 - El nuevo ciclismo de baja intensidad


 


Es verano, tiempo de hacer gilipolleces que no haces durante el duro invierno. Este año me ha dado por arrastrarme por la carretera con mi bici Decathlon de más de veinte años y más de veinte kilos de peso, gracias a los extras añadidos por mí, como un transportín para las alforjas (no confundir con la película Trainspotting, del director Danny Boyle) y una pata de cabra que, por lo que sea, siempre se me caía al suelo. Total, si sumamos pesos, hay que añadir a esos veinte kilos el sobrepeso propio de los vicios adquiridos de engullir oreja y torreznos: puedo estar hablando de que desplazo casi cien kilos de nada.

Por eso lo llamo «ciclismo de baja intensidad», porque a la vez que das pedales arrastras la lengua por el asfalto.

Soy hombre de carretera, si de ciclismo hablamos, porque en el campo, por lo que sea, siempre termino pinchando, que fue precisamente una de las causas por las que dejé este noble deporte. No es solo que pinchara todos los fines de semana que salía a pedalear con veinte años menos (todo es veinte aquí), sino porque cuando ya me harté de todo, pensando qué necesidad teníamos de subir al «Mortirolo» —un camino del Canal de Isabel II (la que nutre de agua a Madrid), vertical y lleno de piedras conocidas como zahorra—, terminé mi etapa ciclista pinchando las dos ruedas. Ganas me daban de dejar la mierda de la bici en el contenedor amarillo. Aparte, el campo te machaca la próstata por el sucesivo golpeteo del sillín en la zona baja de la bolsa escrotal, y uno no está para estar regalando nada a las enfermedades, y menos para hacer una tortilla francesa de dos huevos.

Pues eso, que he vuelto, con un recorrido fijo por carretera y como de una hora y cuarto de duración. Con más energía en mi cabeza que en mis piernas, y con una voluntad de hierro a la hora de afrontar las malditas cuestas que, a pesar de meter piñones grandes hasta donde no hay más, me cuestan un riñón y parte del otro.

Y es que la fama cuesta, la salud también y, parafraseando al indeseable de Aznar: a mí un médico no me va a decir si tengo un abdomen como un odre de vino o no (no confundir con Audrey Hepburn, ya que el nombre en español se pronuncia odre), porque me dijo: «Así no puedes seguir, con esta barriga y esa tensión arterial por las nubes».

Pues en estas estoy, sufriendo como un gorrino para conseguir perder esta maldita joroba delantera de una vez por todas.

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