No tenía intención alguna de analizar los resultados de las elecciones en Aragón, pero hay cosas que no se pueden callar si uno no quiere quedarse con un regusto amargo. Aquí van un par de pinceladas —y un reconocimiento necesario— sobre lo que nos ha dejado esta jornada electoral.
La primera es para el PP. Siguen empeñados en pasear a Isabel Natividad Díaz Ayuso por cada cita regional como si fuera un talismán, sin comprender que, fuera de la «Comunidad Autónoma de Quirón», su figura actúa más como un espantajo que como un reclamo. Madrid y su nacionalismo rancio —alimentado por la presidenta y su cohorte de palmeros— solo generan rechazo. Ya lo vivieron en Castilla y León, donde su presencia en los mítines terminó por dinamitar las expectativas del partido, y lo sabe bien Moreno Bonilla, que en Andalucía no quiere que pise su territorio ni por asomo. La soberbia madrileña, simplemente, no puntúa en el resto del mapa.
Por otro lado, asistimos a la «espantá» de esa izquierda a la izquierda del PSOE, que anda revuelta tras el fracaso de sus organizaciones políticas. La última ocurrencia es potenciar a Gabriel Rufián en un conglomerado de siglas de todo tipo. ¡Un independentista de Esquerra Republicana! Resulta paradójico buscar la salvación en quienes, si no recuerdo mal, iniciaron la privatización de la sanidad en Cataluña. Mi pregunta ante este panorama es sencilla: ¿Esto para qué ? ¿El único horizonte político que queda es intentar «parar a la ultraderecha» y ya está? Sin proyecto claro y sin coherencia, el vacío está servido.
Y ya que me he venido arriba, quiero dedicar un espacio a mi modesto Partido Comunista de los Trabajadores de España (PCTE). En una sola provincia, hemos sumado 878 votos de conciencia pura. Frente al espectáculo de las grandes siglas, el marketing y los pactos de conveniencia, queda la dignidad de la militancia que no se rinde.
Camaradas, gracias por todo. La lucha sigue.

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