Lo de Venezuela ha terminado por descolocar a Vox, ese partido que compite directamente con el PP en el podio de la corrupción política en España. Resulta cómico, si no fuera por la gravedad del asunto, ver cómo su líder ha pasado de la euforia intervencionista al más absoluto mutismo.
Tras jalear una invasión militar en el país caribeño y proponer como salvadores a Edmundo González —el llamado «matacuras», vinculado supuestamente a los escuadrones que asesinaron al hoy santo Óscar Arnulfo Romero y a nueve religiosos en El Salvador— y a María Corina Machado (otra pájara), el partido ultra se ha quedado fuera de juego.
Primero, su "guía espiritual" Trump, gran timonel ultraliberal les ha enmendado la plana: resulta que estos candidatos no sirven y el pueblo no los quiere. Para rematar el cuadro, su aliada europea Marine Le Pen se ha posicionado frontalmente en contra de cualquier bota "yanki" pisando suelo venezolano.
¿Y qué hace Vox ante este naufragio posicional? Lo que mejor se le da: desaparecer del foco mediático. Estos "patriotas" de pacotilla demuestran una vez más que su firmeza dura lo que tarda en cambiar el viento. No tienen columna vertebral política. Ya lo vimos con el esperpento de las balizas V16: pasaron de defenderlas a muerte a sumarse al berrido de cuatro descerebrados en redes sociales en cuanto el tema se puso feo. Cambian de chaqueta con una facilidad pasmosa; ¡como para fiarles la defensa de España!
Ahora la pregunta es quién será el "sacrificado" que salga a defender este nuevo volantazo. Todas las apuestas apuntan a Jorge Buxadé. Al fin y al cabo, parece que el eurodiputado trae de serie esa resiliencia de quien ya estaba acostumbrado a recibir collejas desde el instituto. Veremos cómo intenta vender este nuevo guion sin que se le salte la risa (o la vergüenza).

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