La ciencia se empeña en decir que lo que nos hizo humanos fue bajar del árbol, comer carne y conseguir que el pulgar se tocara con el resto de los dedos. Error. El verdadero hito, el salto evolutivo que nos separó de las bestias y nos dio el derecho a llamarnos "civilizados", fue el invento del somier de muelles.
A ver, seamos serios: este prodigio de la ingeniería no solo fue un avance tecnológico sin precedentes; fue el auténtico motor demográfico de este país. Gracias a él, la humanidad pudo entregarse al vicio del fornicio con un balanceo rítmico que garantizó la supervivencia de la especie durante décadas. Aquello no era una cama, era una catapulta de vida. Y no hablo solo de su robustez, sino de esa figura mítica, hoy extinguida: el señor que venía a casa a tensarte los muelles. Ese hombre llegaba, le daba dos vueltas a un alambre estratégico y te dejaba el equipo listo para otra década de trote. Hoy en día, esa pericia técnica equivaldría, por lo menos, a un Grado Superior de Formación Profesional con prácticas tuteladas en la mismísima FLEX.
Pero como somos una especie autodestructiva, hemos pasado del confort metálico al "usar y tirar". Ahora dormimos sobre somieres de tablas. ¡De tablas! Hemos involucionado tanto (sarcasmo) hasta el punto de que estamos usando la misma tecnología que las falanges romanas utilizaron para sus camastros en sus campamentos militares lo que pasa que ahora lo llamamos minimalismo y nos quedamos tan a gusto sintiéndonos cosmopolitas, ciudadanos del mundo o nómadas digitales, o cualquier otra gilipollez de esta envergadura.
Sin embargo, la verdadera genialidad de este artefacto ocurre cuando entra en desuso. Mientras los modernos se llenan la boca con la "economía circular", en la España rural ya éramos pioneros de la vanguardia ecológica. ¿Qué haces con un somier viejo? ¿Llevarlo al punto limpio? ¡Por favor! Lo plantas en mitad del campo y ya tienes la puerta perfecta para el cercado de las cabras o el cierre de una finca privada. Es el monumento definitivo al reciclaje: una estructura que protege el medio ambiente y que, probablemente, sobreviva a la propia finca. ¡Me río yo de ECOEMBES y sus campañas de publicidad!
Sirva este texto como mi pequeño gran homenaje a ese artefacto de confort, ruido y vicio que todos los que tenemos una edad —y alguna que otra contractura heredada— hemos tenido alguna vez en casa.

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