La OTAN se asoma al abismo. No hablamos de una crisis pasajera, sino de lo que podría ser su "presunta destrucción": una encrucijada geopolítica de consecuencias incalculables.
Groenlandia: El nuevo tablero de ajedrez
Si a Estados Unidos se le ocurre la audacia de invadir Groenlandia, nos enfrentaremos a una incertidumbre bélica sin precedentes. Mientras escribo estas líneas (hoy, 15 de enero de 2026), varios países de la Alianza ya se preparan para desplegar tropas sobre el terreno helado de la gran isla.
En España, el Gobierno aún titubea, pero no cabe duda: terminaremos enviando a nuestros mayores expertos en condiciones extremas: los Cazadores de Montaña de Jaca.
La paradoja de la "organización criminal"
Aquí es donde surge la gran contradicción. Si Washington decide tomar la isla por la fuerza, entraremos en guerra con el mismo aliado que tiene bases militares en cada uno de los países que pretenden intervenir.
Es una situación kafkiana: podríamos ser atacados desde nuestro propio territorio. Con miles de soldados estadounidenses desplegados por toda Europa, el enemigo no tendría ni que cruzar la frontera; ya está dentro.
Un laberinto sin salida
¿Cuál sería el siguiente paso? ¿Expulsarlos de nuestro suelo mediante acciones militares? El escenario es de una complejidad aterradora. Ya lo advirtió con claridad la líder italiana Giorgia Meloni hace apenas unos días: estamos ante un nudo gordiano que amenaza con dinamitar el orden establecido.
Solo nos queda una pregunta: ¿Estamos preparados para las consecuencias de esta fractura?
Veremos.

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