lunes, 29 de diciembre de 2025

120 - El interrogatorio insufrible al que me somete Burger King cada vez que voy a por la cena




 El otro día os confesaba que para el fútbol soy un cero a la izquierda, pero para el espionaje soy directamente un peligro público. Si el destino me hubiera dado a elegir, me habría encantado ser un agente del glorioso KGB, formando parte de alguno de  sus directorios más oscuros; o mejor aún, formar parte de la Stasi, el servicio secreto de la RDA más eficiente de la historia. Pero seamos realistas: mi utilidad operativa es negativa. Si me hubieran mandado  a Berlín Occidental a pasar un microfilm, acabo confesando hasta el nombre de mi primera mascota antes de cruzar el primer semáforo.

Y de esta cruda realidad me doy cuenta cada vez que cometo el error de ir al AutoKin a por la cena.

Todo empieza con una voz enlatada que me asalta desde el poste de comunicación para hacer los pedidos: «¿Es usted miembro de My Burger King?». Yo mantengo un silencio sepulcral, primero porque no tengo ni pajolera idea de qué me está hablando, y segundo porque el nivel de tensión en el coche ya es digno de un interrogatorio en Langley (salchichería de la CIA, es decir, donde pican carne enemiga, en Virginia, EEUU).

Entonces llega el momento de la verdad: —¿Cuál es su pedido?

Ahí arranca mi «gota fría» particular. Y no hablo de la meteorológica del Levante, sino de los chorretones de sudor que me bajan por la frente. Tengo que pronunciar nombres en inglés, un idioma que parece diseñado por el mismísimo Lucifer para humillarme. Mi dominio del anglosajón es tan nefasto,  hablo de becerro-españolo de milagro, pero saco fuerzas de flaqueza y balbuceo: —Pues... un menú Woper.

—¿Con qué bebida? —me espeta ella con una voz de Mata Hari, de esas que lo mismo te acunan a un bebé que te clavan un puñal en los riñones. —Agua —suelto yo, cortante, intentando camuflar mi timidez tras un halo de misterio que no se cree nadie. —¿Patatas Supreme o normales? ¡Joder, qué estrés me está metiendo la moza! —Supreme. —¿Algo más? —Sí, dos de chilichis. —¿De 6, de 8 o de 12 unidades?

«Joooder», pienso yo, «¿esto es una cena o un examen de cálculo de estructuras?». —De 8 —respondo al azar, sintiendo cómo la presión arterial me nubla la vista. —¿Algo más? «¡Sí, sí y mil veces sí! ¡Coño! Espérate un segundo, que no me llega el oxígeno al cerebro con este interrogatorio de tercer grado». —Dos de aros de cebolla. —¿De 6, de 8 o de 12?

Esto es un agujero negro. Un bucle infinito. Sé que de aquí no salgo vivo. —De 9 —suelto por pura desesperación envuelto en un manojo de nervios que no de espárragos. —De 9 no hay —me suelta la dulce vocecilla, con un tonito que claramente grita: «Pero ¿quién es este infraser y por qué no lo han encerrado ya?». —Pues de 8... —le confirmo, hecho un guiñapo humano y con el pulso a doscientas pulsaciones. —Pase por la segunda ventanilla, por favor —concluye ella, recuperando su gélida voz de GPS.

¡Por fin terminó el calvario! He salido de allí con la sensación de haber aprobado un examen del instituto por los pelos, sollozando de puro agotamiento nervioso ante el acoso de la hamburguesería.

Ahora entenderéis por qué no valgo para espía ni para robar un lápiz de IKEA: se me pone una cara de culpable que se detecta desde un satélite espía a diez kilómetros de distancia. Uno no ha nacido para ser valiente, qué le vamos a hacer.

sábado, 27 de diciembre de 2025

119 - Me hubiera encantado ser tirador de faltas en el fútbol


 



He de reconoceros que siempre fui un auténtico «paquete» jugando al fútbol. Nadie me quería en su equipo; siempre acababa siendo el último en ser elegido para formar parte de alguno de los dos bandos contendientes. Era malo, pero de solemnidad. Cuando ya no quedaba más remedio que seleccionarme —simplemente porque no había nadie más—, me mandaban a la portería, ya que esa era la posición que nadie deseaba. Para más inri, era tan cobarde que, en cuanto me chutaban con fuerza, me apartaba. Tal era mi incompetencia que en los juegos escolares, a los cuales no faltaba ni un solo sábado, mis compañeros preferían jugar con diez antes que incluirme; decían que no servía ni para estorbar.

Y no penséis que por no ser un buen deportista me iba mejor en los estudios. Nada más lejos de la realidad: era un gran zoquete en todas las disciplinas.

Si tuviera que describir mi mocedad, diría que era extremadamente delgado (nada que ver con mi aspecto actual) y que llevaba botas ortopédicas para corregir mis pies planos. Aquel calzado pesaba un kilo por bota, y no exagero. Además, tendía a torcer los pies hacia dentro; es decir, era un pronador de manual. Por si fuera poco, combinaba la miopía con la hipermetropía y portaba con honor mi astigmatismo. En resumen: no veía tres en un burro. Para rematar la faena, tampoco era agraciado. Fui la «desgracia» estética de mi familia, como sucede en tantos otros hogares con alguno de sus miembros.

Sin embargo, a pesar de todo, jamás lograron arrancarme el sentido del humor ni las ganas de superación. Yo estaba convencido de que habría tenido un gran desempeño futbolístico como especialista en tiros libres, con o sin barrera. El problema es que las normas de este noble deporte —a diferencia del baloncesto— no permiten entrar y salir del campo de forma intermitente. Aquello lastró mi carrera infantil, pues solo me habrían necesitado para ejecutar las faltas.

Os preguntaréis: «¿En qué te basas para creer que hubieras sido un gran tirador de golpes francos?».

La respuesta es sencilla: mis pies torcidos y mi mirada perdida. Al no ver nada, el efecto del balón estaba garantizado, ya que siempre golpeaba el cuero de la misma forma impredecible. Con mi limitada visión, no había portero capaz de adivinar la trayectoria de la bola. Si a esto le sumamos mi expresión de «atontado prepúber», con la cara desencajada por el esfuerzo, era imposible que nadie descifrara mis intenciones.

Con todo esto, nunca necesité un psicólogo. El profesional en la materia era mi padre, quien, ante cualquier tontería o gilipollez, me propinaba una buena hostia que me hacía «resetear» el sistema y ver el mundo desde una perspectiva completamente distinta.

En fin, este es solo un pequeño retazo de mi vida; una vida, al fin y al cabo, como la de cualquier otro.

jueves, 25 de diciembre de 2025

118 - Comer y cenar como si fuera a caer mañana una bomba nuclear

 





Soy plenamente consciente del desafío que supone el periodo navideño. Mi propósito inicial es modesto, casi heroico: mantenerme en mi peso actual y no subir ni un solo gramo. Es un reto que acepto con optimismo, convencido de que esta vez mi fuerza de voluntad será inquebrantable.

Sin embargo, mi determinación se desvanece en cuanto empiezo a preparar la cena de Nochebuena. Quizás sea por mi perfeccionismo o por ese empeño en que todo sea de una calidad excelsa, pero acabo catando cada plato una y mil veces para cerciorarme de que roza la perfección. En la primera batalla, rindo mi posición y me entrego sin condiciones al "enemigo" gastronómico como si no hubiera un mañana. Me invade un frenesí apocalíptico, como si Putin fuera a lanzar un misil termonuclear para arrasar este país —si es que no está ya arrasado por esos hombres del Paleolítico que habitan la derecha y la extrema derecha—. Y tengo claro que, si el fin del mundo me pilla, no será con el estómago vacío.

No tengo remedio. Me lo dice con infinita ternura una buena amiga (una santa, diría yo, por aguantar mis charlas insufribles: ¡Santa Virginia, patrona de los pacientes!). Según ella, soy un "gordinflas", pero no por volumen, sino por mi falta de fondo. Soy un sumidero, ¡qué le voy a hacer! Soy incapaz de pronunciar la palabra "no" ante un manjar.

Me apasiona comer hasta el hartazgo; disfruto de los banquetes pantagruélicos y las mesas infinitas. Soy capaz de alternar langostinos con lonchas de lomo ibérico en un solo bocado, mezclando sabores en una suerte de caos delicioso, movido por el pánico instintivo de que el resto de comensales me dejen sin mi ración.

Sé que tengo un problema. Por eso, el seis de enero me lo tomaré en serio. Porque, de seguir así, más que un nutricionista, voy a necesitar que vengan los TEDAX de la Guardia Civil a desactivarme.

viernes, 19 de diciembre de 2025

117 - La desaparición de las ondas medias


 



 Estamos presenciando la desaparición de una tecnología fundamental frente al avance del estándar DAB+, la radio digital. Tras el precedente de la SER, RNE se despedirá a finales de este mes de una tecnología histórica; una decisión que, a mi juicio, constituye un error estratégico.

La emisión digital DAB+ conlleva una dependencia crítica de infraestructuras externas. Si la red colapsara por factores internos o externos, la señal simplemente se interrumpiría. Esto no ocurre con la Onda Media (AM), cuya robustez reside en su simplicidad: la señal viaja directamente desde el centro de producción al repetidor sin intermediarios vulnerables.

Este sistema es un elemento clave para la vertebración del territorio, dado su gran alcance y su capacidad para sortear obstáculos geográficos. Su desaparición perjudicará, sobre todo, a la España rural —donde me incluyo—, la señal de FM es deficiente o inexistente.

Desde una perspectiva institucional, el Gobierno no debería permitir que la radio pública abandone estas emisiones. En cuanto al sector privado, lo lógico sería licitar las frecuencias vacantes; en otros países, estas concesiones no solo sobreviven, sino que lideran índices de audiencia. Resulta paradójico que los concursos públicos prioricen emisoras musicales con menor calidad de sonido con la OM, pero esto ha cambiado gracias al potencial de la tecnología DRM (Digital Radio Mondiale), la evolución digital de la AM por la cual España, lamentablemente, no ha apostado.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

116 - En el timo de la estampita: no veo la diferencia entre una alarma normal y otra antiocupas


 


Como señalo en el título de este post, sigo sin encontrar una diferencia tangible entre una alarma antiocupas y un sistema de seguridad convencional. Me inclino, de hecho, a pensar que la supuesta distinción pertenece más al universo de Mortadelo y Filemón que a la realidad.

Sinceramente, no alcanzo a percibir los matices  entre un allanamiento de morada tradicional y el mismo allanamiento en el contexto de un intento de ocupación. La línea roja que divide ambos escenarios en el mercado de la seguridad debe ser tan imperceptible que no logro visualizarla.

Me resisto a creer que todo esto sea una estrategia para instrumentalizar el miedo difundido por la derecha y la ultraderecha con el fin de inocular el pánico social y engrosar las cuentas de las empresas de seguridad. Estoy convencido de que esta patronal no está financiando campañas electorales, pues creo firmemente en la intachable honradez de todos sus miembros.

domingo, 7 de diciembre de 2025

115 - Por dos cosas me noto yo que me estoy haciendo mayor


 


Que pasen los años es algo bueno, pero también me doy cuenta de que me estoy haciendo mayor, y uno se resiste a ello, excepto para la jubilación (la cual estoy deseando como agua de mayo).

Hay dos marcadores del paso del tiempo, y veo que la música ya no suena igual, y no estoy hablando de las erecciones mañaneras. Uno de ellos es la velocidad a la que uno cruza los pasos de cebra. Antes, con veinte años, uno lo hacía deprisa, aun viniendo un coche, las extremidades me respondían al momento (parecíamos recortadores de esos de la tauromaquia, y es verdad que algún que otro amigo sufrió alguna que otra cornada de algún SEAT 127), pero ahora mi mente me dice que puedo, pero me he dado cuenta de que no, que el tiempo es como más eterno, o para que me entendáis, es como si hicieses cola en el SEPE (Servicio Público de Empleo Estatal).

Y otra, y no menos importante, es cuando iba yo a miccionar de joven; tardaba yo cero coma en desembalsar la vejiga en un mínimo tiempo. Tenía la misma facilidad que Harry el Sucio en desenfundar y disparar su pistolón. Pero ahora amigo, me da tiempo a comerme el primer plato de un menú y parte del segundo. Antes me levantaba en plena peli de la UHF (así se llamaba lo que hoy es La 2 de RTVE) a mear y ya estaba sentado en el tresillo sin haberme perdido apenas dos segundos. Es verdad que antes no nos lavábamos las manos después, ya que eso son modernidades snobs que nos han traído del extranjero, ¡nos invaden!.

Observaos y veréis lo curioso que puede llegar a ser la biología.