Que pasen los años es algo bueno, pero también me doy cuenta de que me estoy haciendo mayor, y uno se resiste a ello, excepto para la jubilación (la cual estoy deseando como agua de mayo).
Hay dos marcadores del paso del tiempo, y veo que la música ya no suena igual, y no estoy hablando de las erecciones mañaneras. Uno de ellos es la velocidad a la que uno cruza los pasos de cebra. Antes, con veinte años, uno lo hacía deprisa, aun viniendo un coche, las extremidades me respondían al momento (parecíamos recortadores de esos de la tauromaquia, y es verdad que algún que otro amigo sufrió alguna que otra cornada de algún SEAT 127), pero ahora mi mente me dice que puedo, pero me he dado cuenta de que no, que el tiempo es como más eterno, o para que me entendáis, es como si hicieses cola en el SEPE (Servicio Público de Empleo Estatal).
Y otra, y no menos importante, es cuando iba yo a miccionar de joven; tardaba yo cero coma en desembalsar la vejiga en un mínimo tiempo. Tenía la misma facilidad que Harry el Sucio en desenfundar y disparar su pistolón. Pero ahora amigo, me da tiempo a comerme el primer plato de un menú y parte del segundo. Antes me levantaba en plena peli de la UHF (así se llamaba lo que hoy es La 2 de RTVE) a mear y ya estaba sentado en el tresillo sin haberme perdido apenas dos segundos. Es verdad que antes no nos lavábamos las manos después, ya que eso son modernidades snobs que nos han traído del extranjero, ¡nos invaden!.
Observaos y veréis lo curioso que puede llegar a ser la biología.

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