Soy plenamente consciente del desafío que supone el periodo navideño. Mi propósito inicial es modesto, casi heroico: mantenerme en mi peso actual y no subir ni un solo gramo. Es un reto que acepto con optimismo, convencido de que esta vez mi fuerza de voluntad será inquebrantable.
Sin embargo, mi determinación se desvanece en cuanto empiezo a preparar la cena de Nochebuena. Quizás sea por mi perfeccionismo o por ese empeño en que todo sea de una calidad excelsa, pero acabo catando cada plato una y mil veces para cerciorarme de que roza la perfección. En la primera batalla, rindo mi posición y me entrego sin condiciones al "enemigo" gastronómico como si no hubiera un mañana. Me invade un frenesí apocalíptico, como si Putin fuera a lanzar un misil termonuclear para arrasar este país —si es que no está ya arrasado por esos hombres del Paleolítico que habitan la derecha y la extrema derecha—. Y tengo claro que, si el fin del mundo me pilla, no será con el estómago vacío.
No tengo remedio. Me lo dice con infinita ternura una buena amiga (una santa, diría yo, por aguantar mis charlas insufribles: ¡Santa Virginia, patrona de los pacientes!). Según ella, soy un "gordinflas", pero no por volumen, sino por mi falta de fondo. Soy un sumidero, ¡qué le voy a hacer! Soy incapaz de pronunciar la palabra "no" ante un manjar.
Me apasiona comer hasta el hartazgo; disfruto de los banquetes pantagruélicos y las mesas infinitas. Soy capaz de alternar langostinos con lonchas de lomo ibérico en un solo bocado, mezclando sabores en una suerte de caos delicioso, movido por el pánico instintivo de que el resto de comensales me dejen sin mi ración.
Sé que tengo un problema. Por eso, el seis de enero me lo tomaré en serio. Porque, de seguir así, más que un nutricionista, voy a necesitar que vengan los TEDAX de la Guardia Civil a desactivarme.

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