viernes, 7 de noviembre de 2025

111 - Día de furia


  


El otro día he de confesaros que tuve mi día de furia por un cúmulo de circunstancias ajenas a mi personilla.

Estoy en una época de mi vida que empiezo a ser asocial, no quiero relacionarme con mis semejantes, bueno con los muy allegados sí, pero con el resto de la humanidad no.

En el mundo del trabajo cada vez entiendo menos a la clase trabajadora. Van a lo suyo, y eso que estoy metido en el mundo sindical. Solo me mantiene en pie, por no decirles a todos: que os den por el orto, San Marx, San Lenin y que mi cabeza haya sido capaz de construir una figura de carácter militar que yo llamo: El obrero desconocido, el cual idealizo creyéndome que es un obrero estajanovista, disciplinado en los principios básicos del marxismo, defensor de lo colectivo por encima de lo individual y por supuesto solidario. Si no se me saldrían los hombros de su sitio de los cortes de manga que les iba a dar a estos becerros.

Los pensamientos destructivos de la sociedad que tengo me hacen pensar que ando cerca de Schumpeter y su famosa destrucción creadora, y eso que estoy en las antípodas de este ser.

A esto le sumo que mis compañeros de fatiga como el Adolfo y el Óscar me llevan a almorzar a un sitio que se conoce como La Mexicana, que no solo te venden café, sino que también te ponen este brebaje que despierta en mí mi ardor guerrero por los nervios que me pone. Este local en su momento sería, porque no lo sé, una tienda de ropa venida a menos y ya desaparecida, a la que han añadido una barra, una cafetera y a vender café. Para contextualizar un poco, es como si vosotros fuerais a disfrutar de los derechos conquistados por nuestras luchas de los 25 minutos de almuerzo a un taller de chapa y pintura. El ruido es insoportable y hablar ya no se habla, solo gesticulamos como los primates del Zoo de Madrid mientras para darle más énfasis a nuestros ruidos guturales nos rascamos los sobacos y nos tocamos la boca, entre otros gestos más obscenos como agarrarnos nuestras gónadas. Es lo que tiene la selva de la clase obrera donde hay que mantener el estatus de macho alfa con acciones de este tipo, si no te pierden el respeto. Es a día de hoy lo más revolucionario que hago durante mi dura jornada laboral.

En el puesto de trabajo estoy harto de todo y he solicitado un arma sin número para poder disparar no a la humanidad circundante, sino a los trabajadores que se creen los más listos del mundo. Como es obvio, la empresa se ha negado a darme esta herramienta tan imprescindible para realizar mis funciones. Ni tan siquiera me han proporcionado una de esas pistolas modernas que dan descargas eléctricas llamadas Taser porque me encantaría a más de uno pegarle el rejonazo y tenerle temblando durante 5 minutos por gilipollas a base de chispazos.

Ya se me está pasando. No hay nada como las drogas legales para no tener estos pensamientos, por lo tanto ya estoy mejor, muchas gracias.

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