No puedo más con las cosas que suceden por el mundo. Pongo las noticias de La 1 y solo hoy, es decir, lo de ahora: que Trump quiere medio mundo, que Netanyahu quiere quedarse con todo Oriente Medio, que Occidente está con Ucrania a pesar de ser un avispero de nazis.
Aunque hoy es algo distinto. Hoy es uno de los días de la quincena en que como empanadillas. Empanadillas congeladas compradas en el Carrefour de casi aquí al lado, aunque hablar de aquí al lado en una gran ciudad lo mismo significa que dista un kilómetro y medio.
Soy un ferviente y devoto fan de la empanadilla. Reconozco que son perversas para la salud, digo las industriales, pero, como he dicho antes, cada unos quince días me como una caja de la marca La Cocinera.
Todo este vicio empezó en el Colegio Diocesano, en la ciudad de Ávila, donde estuve interno a petición propia durante un maldito año. Es un colegio de curas, sí, pero era un buen centro educacional. Las comidas y las cenas eran demenciales, por lo menos para mis gustos culinarios. Solo me gustaban unas pocas cosas, y fue allí la primera vez que comí empanadillas congeladas.
¡Y me encantaron!
No eran todas las noches, eran como ahora: las comía cada dos o tres semanas. Y solo en esas bandejas con hoyos donde nos ponían todos los platos a la vez nos daban dos.
Una de esas noches gloriosas me llegué a comer unas treinta, pero llegué a canjear todo lo que tenía en la bandeja para conseguir ese número. No pude conseguir más. Es cierto que algunos a los que no les gustaban me las daban sin nada a cambio, y otros me las daban para batir el récord del cole.
Y lo batí.
Campeón histórico del cole.
Las consecuencias vinieron después, cuando había que evacuar todo aquello, pero mi organismo, sabio como es, decidió hacer un muro de contención en mis intestinos y no había manera de echar todo aquello. Tres días después llegó el parto y el alivio fue tal que pensaba que estaba en el Nirvana.
Desde entonces las empanadillas se convirtieron en una especie de tradición personal. Cada quince días, aproximadamente, me regalaba mi caja. Puede parecer una tontería, pero últimamente uno necesita aferrarse a cualquier cosa que le haga ilusión.
Mi vida tampoco es que esté para tirar cohetes.
Trabajo, casa, supermercado, alguna cerveza con los amigos, la televisión, dormir y vuelta a empezar. Los años pasan y uno empieza a preguntarse si esto va a ser todo. No es que esté deprimido ni nada parecido, que tampoco hay que ponerse dramáticos, pero sí tengo la sensación de que necesito que ocurra algo.
Algo diferente.
Algo que me saque de esta especie de vida en conserva.
Por eso también voy a Santa Genoveva de vez en cuando. Llevo tiempo pidiendo al Altísimo, o a quien me quiera escuchar, un cambio importante en mi vida. No sé muy bien qué espero conseguir allí, pero algo espero. Para pedir soy bastante generoso; para dar, bastante menos. Bueno, dejo veinte euros en total en los diferentes cepillos.
Me siento en sus bancos de forma estratégica porque a mi derecha tengo una imagen de la Virgen, como en una capilla; a la izquierda está el sagrario y enfrente, un Cristo policromado que parece del siglo XI. Y allí estoy unos minutos mientras elevo mis plegarias.
Quizá por eso, cuando ocurrió lo de la empanadilla, una parte de mí quiso pensar que aquello podía ser precisamente lo que estaba esperando.
Pues, según veía las noticias, unas con interés inusitado y otras como la vaca que mira el tren, cogí la última de este manjar y cuál es mi sorpresa que, cuando con mis dientes intenté morder la mitad, una especie de sobrecito pequeño de papel de aluminio apareció entre los ingredientes de esta empanadilla.
No le di mucha importancia, pues pensé que quién habría sido el borrico que había dejado caer aquel elemento en la salsita rica.
Pero al volver a observarlo detenidamente, miré su reverso y aparecía una sola frase:
ÁBRAME.
¿Qué demonios es esto?, me pregunté.
Solo lo sabré de una manera: abriéndolo.
Pero antes me lo metí en la boca para eliminar todo el pringue que tenía y porque soy un gordinflas, a decir verdad.
¡Sorprendente!
En él había una nota que decía: «Llámenos, Juan Castillo», y un número de teléfono.
¡Pero! Si no conocen mi nombre.
A partir de ese momento empecé a elucubrar la razón de aquella nota: ¿será un premio? ¿Alguien querrá matarme? No hay ninguna razón, pero hay tanto tarado que... O lo mismo seré el cliente un millón y me darán un suculento premio, como un año gratis de empanadillas La Cocinera.
La idea me hizo gracia.
Un poco después me dejó de hacer gracia.
Porque esto no podía ser.
No podían saber quién iba a comprar la última caja.
Durante los siguientes días intenté olvidarme del asunto. Y lo conseguí... más o menos. Bueno, en realidad no. Cada vez que abría la nevera y veía las empanadillas que quedaban, me acordaba del maldito papelito.
Incluso llegué a mirar la caja varias veces por si había alguna otra cosa rara.
Nada.
Solo empanadillas.
En fin, me relajé dentro de lo que uno se puede relajar con este tipo de cosas y dejé que pasara el tiempo, a ver qué pasaba.
Tres días después, a la misma hora a la que me comía las empanadillas cuando apareció aquella nota en la última de ellas, llamé.
Era un número un poco raro porque empezaba por 7. No suelo llamar a números desconocidos, pero, tratándose de este asunto, la curiosidad me hizo romper todas mis reglas de régimen interior.
—Juan Castillo, buenas noches.
Una voz de hombre. Pero como de hombre de negocios.
—Sí —le dije, con un poco de temblor en mi voz porque estaba de los nervios.
—Soy Alfonso Guarpin —dijo, o algo así—. Soy de la congregación ECUMENIX.
Esperé.
—¿ECU... qué?
—ECUMENIX.
—Ah.
No sabía qué decir.
—Es una congregación cristiana en los aledaños del catolicismo, pero no sujetos a la autoridad papal. Digamos que somos independientes.
Aquello no me aclaró absolutamente nada.
—Es cierto que alguna que otra vez nos han pedido apoyo porque nuestra red se extiende por todo el mundo y en todos los estamentos de la economía, la sociedad y la política. Nuestros «agentes», soldados de Dios, como nos gusta llamarlos, hacen labores de información.
Hizo una pequeña pausa.
—Y ellos, porque no reciben cantidad económica alguna, no solo reciben la paz eterna. También les cambiamos la vida.
—¿Cómo?
—De muchas maneras.
Lo dijo con tanta tranquilidad que me puso todavía más nervioso.
—Jamás, repito, jamás tendrán problemas con nada ni con nadie. Y estoy hablando incluso de problemas laborales.
¡Madre mía!, pensé así rápidamente.
He de reconocer que estaba acojonado.
—Estamos tan seguros de que aceptará —me recalcó— que por eso le hemos contado todo, con pelos y señales.
No sabía muy bien qué contestar.
—Pero, si es tan amable, ¿cómo han conseguido mi nombre y que yo fuera el que compró la última caja de este establecimiento?
Al otro lado hubo un silencio.
Un silencio demasiado largo.
—Como ya le he dicho, nuestros tentáculos se mueven por todos los lugares, incluso por este gran almacén.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí que la responde.
Aquello me dejó más frío que la primera vez.
—También le hemos estado «siguiendo» con nuestros equipos, por supuesto. Hemos visto que usted tiene, podríamos decir, una pulsión religiosa porque le hemos observado entrando alguna que otra vez en la parroquia de Santa Genoveva, en Majadahonda.
Aquello me dejó un poco más frío.
—Cierto es que no es que sea un gran cristiano, pero nos vale porque usted tiene un gran potencial en general, del que destaco su creatividad.
—¿Mi creatividad?
—Sí.
No sé por qué, pero aquello fue lo que más miedo me dio.
—El nombre fue fácil —continuó—. Le seguimos hasta su casa y vimos dónde vivía y, con eso, consultamos su buzón.
No sabía qué decir.
Bueno, sí sabía qué decir, pero no me atrevía.
—¿Y las empanadillas?
—Las empanadillas fueron más sencillas de lo que cree.
Me quedé callado.
—Es tal nuestra organización que le hemos puesto anuncios de esta conocida marca en sus playlists para que usted vaya ahí y, precisamente, a ese centro comercial. Incluso nuestros hombres que trabajan en esa fábrica han sido los que metieron ese papel y consiguieron que esa caja fuera a su destino.
—¿Me están diciendo que sabían que iba a comprar esa caja?
—Sabíamos que acabaría comprándola.
—Pero eso es imposible.
—¿Lo es?
No supe qué contestar.
—Como ve, toda una obra de ingeniería —dijo.
—Sí, sí, ya veo.
Intenté parecer tranquilo.
No lo estaba.
—No sé si tengo la intención de estar con ustedes en esta, digamos, aventura, porque soy bastante miedoso con estas cosas.
—Usted ha llamado, yo he sido sincero con usted y ahora sabe demasiado. No hay marcha atrás.
—Pero...
—No hay pero que valga. O es socio de nuestra organización o la va a pasar muy mal.
Aquello último no sonó como una amenaza.
Sonó peor.
Me quedé mirando las empanadillas que todavía tenía en la nevera.
No sé por qué.
Quizá porque, de repente, ya no me apetecía comerlas.
—Llevo tiempo pidiendo al Altísimo, o a quien me quiera escuchar, un cambio importante en mi vida —dije finalmente—, y parece una buena oportunidad para conseguirlo.
No sé si lo dije para convencerle a él o para convencerme a mí mismo.
—Para eso voy a Santa Genoveva, a pedir y, la verdad, a dar poco. Bueno, dejo veinte euros en total en los diferentes cepillos.
Me quedé mirando al Cristo policromado que tenía delante en mi imaginación.
—Quizá esto sea lo que estaba esperando.
—Eso pensamos nosotros.
—¿Y qué tendría que hacer?
—Por ahora, nada.
—¿Nada?
—Esperar.
Aquella palabra me tranquilizó y me inquietó al mismo tiempo.
—Está bien, acepto. No queda otra.
—Perfecto. Dentro de unos días se pondrá en contacto con usted una especie de equipo de formación porque necesita conocimientos sobre de qué va esto y qué es lo que nos puede aportar.
—Perfecto, pero no me quedan vacaciones y no puedo faltar al trabajo.
—No se preocupe. Esto está solucionado...
La llamada terminó.
Me quedé unos segundos mirando el teléfono.
Después miré la caja de empanadillas.
Por primera vez en muchos años, no tenía ninguna gana de comerme una.
5 de la mañana.
Suena el maldito despertador.
Me levanto con la boca pastosa y con un fuerte olor. Debe de ser por las empanadillas de La Cocinera que cené ayer.
Un leve dolor de cabeza y una sensación entre angustia y algo de felicidad.
¿Qué habrá pasado?, me interrogo a mí mismo.
Tengo una sensación rara, como... no sé.
Mientras me espabilo, empiezo a recordar retales sobre una organización secreta.
Algo religioso.
Algo muy raro.
Y una voz.
Una voz de hombre.
Me quedo sentado en la cama intentando ordenar mis pensamientos.
ECUMENIX.
El nombre me viene a la cabeza de repente.
Me levanto y voy al cubo de basura a ver si encuentro un papel diminuto que ponga «llámenos», pero no había nada.
Nada.
Miro la última llamada realizada desde mi móvil. Solo aparecía que había llamado a Berta para quedar este fin de semana con unos amigos.
No había ninguna llamada a un número que empezara por 7.
Nada.
Todo falso, todo ficticio, todo producto de mi capacidad de soñar y del deseo de cambio que necesito.
Qué pena, con la falta que me hace tener una cosa así y dar sentido a mi vida.
Me ducho, desayuno. Aún mantengo mi desazón por esta historia que no es verdad. Me visto y bajo por las escaleras.
Mientras bajo, intento recordar la conversación.
No puedo.
Solo recuerdo frases sueltas.
«No hay marcha atrás.»
«Sabemos que acabará comprándola.»
«Esperar.»
Y entonces me doy cuenta de algo.
No recuerdo haber vuelto a meter la caja de empanadillas en la nevera.
Me paro en mitad de la escalera.
No sé por qué, pero me entra un escalofrío.
Sigo bajando.
Veo al vecino del 4.º, le doy los buenos días, abro el buzón a ver si había un paquete pequeño de Amazon de un pedido y no, tampoco estaba.
Pero lo que sí que había era un pequeño sobre, como de felicitación de Navidad, sin remitente y con solo mi nombre.
Lo cojo.
Es un sobre normal.
Nada especial.
Y, justo debajo de mi nombre, hay otra nota escrita a máquina.
Una sola palabra.
LLÁMENOS...
Me quedo mirándola.
No sé cuánto tiempo.
Entonces noto algo más.
En la parte inferior del sobre, casi escondido, hay un pequeño dibujo.
Una empanadilla.
Y debajo, con letra diminuta:
SEGUNDA OPORTUNIDAD.

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