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3 - Pedro, el informático de Melmac

DISCO DURO

 

Toda una vida estaba metida en esa caja roja del demonio. Todo: fotos de mis padres, mías de pequeño, de mis amantes fugaces —aunque estas me daban igual, ya que solo verlas me hierve la sangre por las malas experiencias— e incluso documentos importantes. Pero nada, no había manera de entrar en su interior. No sé la razón por la que este maldito chisme había decidido que hasta aquí había llegado y, la verdad, estaba desesperado. Incluso tenía experiencias cercanas a la muerte de lo mal que una mierda de aparato podía hacerme sentir en mi apesadumbrada vida.

Tenía, por una cuestión de supervivencia, que arreglarlo y la solución era fácil: llamar a mi amigo Pedro, que es informático y de los buenos, para que me dijera cómo hacerlo o que se viniera a casa, se tomara unas birras y me lo arreglara. Pero cada vez que viene me atraca la nevera y se bebe hasta el agua de los platos de los tiestos que están por casa, aunque, gracias a Dios, son pocos. Aparte de eso, es un pesado de narices y no deja de contarme cosas de informáticos aburridísimas. Esta gente vive en otra dimensión que no logro entender.

Me decido a llamar, pero no aguanto su tono condescendiente de «sobrao» sabelotodo. Me trata como si fuera un ser inferior o de un planeta menor. Claro, porque ellos son del planeta Melmac, de la famosa serie ALF. No te jode.

Lo llamo y me dice, con su altivez de siempre, que apague y encienda el ordenador con el disco enchufado a la CPU. Este nombre parece algún tipo de policía soviética.

Yo respiro profundamente para calmar mis nervios y la mala hostia que se me estaba enquistando dentro. «Pedro, es lo primero que he hecho». ¿Veis? Me trata como a un tonto.

«Entonces hay que formatear el disco duro con estos comandos, pero perderás todo: jlkjbndpoinaòsnf_2974848».

Esto es lo que yo entendí.

«Bien», le digo, «pero, por favor, mándame un WhatsApp y ya lo copio».

¡No aguantaba más a Pedro!

Tranquilamente, voy copiando en mi ordenador el maldito comando que me ha mandado por mensaje, con la misma dedicación con la que un monje del medievo copia el Códex Calixtinus. Y, por fin, se hizo la magia. O, por lo menos, eso creo yo, porque empezó a hacer unos ruidos rarísimos y, con el buen oído que tengo —aunque oigo lo que quiero—, creí reconocer alguna lengua muerta. Y eso que no tengo ni idea de lenguas muertas ni tampoco vivas.

Afiné el oído y de ese maldito chisme salía un idioma ininteligible. ¿O me estaba volviendo totalmente loco?

Se repetía una y otra vez, mientras esperaba a perder toda mi vida en esta acción, que me parecía, en realidad, una condena a muerte de mi pasado. Tampoco es que fuera para tirar cohetes.

Decido pasar a la acción: lo grabo y le indico a ChatGPT que quiero saber de qué idioma se trata y qué es lo que dice.

Efectivamente, este idioma es sumerio y lo que dice, entre ruidos, sutilmente, es que mate a Pedro.

¡Pero qué cojones me ha mandado este!

O se trata de una broma o de algún acto de brujería.

Efectivamente, yo terminaría con Pedro, desde el cariño, en un pispás: por plasta, por pesado y por pajillero. Pero matar a un amigo —y si digo a un amigo, digo a un ser humano, o, si me pongo muy estelar, a un humanoide, porque algunos parecen humanoides— es demasiado.

Efectivamente, yo no quería terminar con su vida, pero este mantra iba haciendo su trabajo machaconamente, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Y no por mucho madrugar amanece más temprano. Y no por mucho madrugar amanece más temprano.

—Mi pequeño homenaje al gran Kubrick—.

¿Me estará pasando, mientras escribo esto, lo mismo que al protagonista de la película El resplandor?

Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez...

Pues como que me parece que matar a Pedro es una acción humanitaria y puede que este finde que he quedado en su casa...

¡No, quítate eso de la cabeza!

Una y otra vez, una y otra vez:

«Matar a Pedro, matar a Pedro, matar a Pedro».

No por mucho madrugar amanece más temprano. No por mucho madrugar amanece más temprano. No por mucho madrugar amanece más temprano...

Veo las noticias de la mañana de Antena 3, emisora que siempre dice la verdad.

Ha aparecido un cadáver en la calle de l’Anisadeta, en Barcelona, asesinado, según las primeras estimaciones de los Mossos d’Esquadra, en, como siempre, extrañas circunstancias, ya que encima de la víctima había un disco duro rojo que, según la Policía Científica, estaba formateado y era imposible recuperar.

Se ruega a la población que, si alguien tiene alguna información que pudiera, primero, identificar el cadáver y, segundo, dar con el asesino, se ponga en contacto con cualquier comisaría de la policía autonómica.

Me quedé mirando la pantalla, atontado. No podía ser. Yo no había matado a Pedro. Al menos, que yo recordara.

A Pedro no le reclamó nadie. En el trabajo lo querían despedir, a pesar de ser muy bueno, pero costaba muchos euros. De su familia, en su Galicia natal, huyó porque el padre —viudo y ganadero— no entendía que su hijo se dedicara a estudiar algo del mismísimo Satanás como la informática. Y los amigos, de los que formo parte, respiraron tranquilos al saber que nadie más les iba a dar la matraca con temas informáticos.

La vida muchas veces es muy cruel... y no por mucho madrugar amanece más temprano.


DHECCA


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