Era 20 de agosto; el verano se iba retirando poco a poco, no sin recordarnos que el calor iba y venía a capricho de la naturaleza. Le costaba irse, pero, irremediablemente, tarde o temprano cedería ante el empuje del otoño.
Este 20 de agosto era una fecha para olvidar, porque hace algunos años viví un infierno insufrible; soy una persona muy sentida en estos lances del amor que, como el verano, sucumbe tarde o temprano ante el empuje de la distancia emocional y el olvido impuesto y autoimpuesto.
Este día por la mañana recibí una llamada inesperada de un buen amigo —de quien, por razones que no voy a explicar, no diré su nombre— para invitarme a una fiesta un poco extraña. Él sabe de mis correrías amorosas y también sabe que esta fecha del 20 de agosto es un día que desearía borrar de mi memoria para siempre. La fiesta en concreto era un Vudú Baby, un extraño evento posmoderno donde nos adentraríamos en el manejo de esta religión del África occidental, pero muy expandida por las Antillas con influencias católicas; y, cómo no, clavar alfileres en un muñeco para infligir algún tipo de daño en la persona apropiada. Estaba entre un taller de esta práctica y una fiesta de la que, a decir verdad, me corroía la curiosidad por saber de qué iba.
Y allí me presenté con mi amigo, hecho un manojo de nervios, pero envalentonado, pues no tenía nada que perder. Entramos sigilosamente, como sin querer molestar a nadie. Nadie nos presentó, por cierto; nadie se dio cuenta de nuestra presencia excepto la anfitriona, a quien sí me presentaron porque mi amigo la conocía. Su nombre era algo así como Anacaona: precioso nombre. Es cierto que tenía ciertos rasgos caribeños, pero perfectamente podría pasar por una nacida en el Barrio Gótico de Barcelona. Si tengo que hacer una descripción de esta impresionante mujer, diría que tiene unos ojos castaños, vidriosos y cautivadores que desnudan tu cerebro solo con clavar su seductora mirada en los tuyos; pelo medio rizado, moreno y brillante que le caía a la altura de los hombros. Su cara era perfecta, como hecha por el mismísimo Miguel Ángel. Cuerpo sinuoso, listo para cimbrarse sin parar en danzas tribales de allí. ¡Era una locura!
Cuando fue capaz de apaciguar el runrún, empezaron con una especie de clase práctica de cómo hacer muñecos de tela de saco rellenos como de esparto o algún material similar. Esto, sinceramente, me importaba una mierda, pero era mejor esto que torturarme una y otra vez con el dichoso 20 de agosto. Las indicaciones eran curiosas porque, a la vez que íbamos cosiendo el maldito muñeco, teníamos que pensar en la persona a la que iba dedicado; pero, independientemente de si creo o no en estas cosas, yo pensé en el mequetrefe del presidente de mi corporación. Un inútil que se creía alguien, pero era un tonto a las tres, eso sí, vestido de traje. En fin, terminé mi muñeco y, entre frases y canciones de las que no tenía ni pajolera idea de lo que decían, empecé a clavar con ganas las agujas en el muñeco de mi presidente. Quería infligirle dolor, no matarlo, pero sí dejarlo una semana en cama por capullo. Inserté el arma del crimen en la zona lumbar con la intención de crearle una crisis lumbociática y que no pudiera ir ni al baño. Me di cuenta de que el personal que me rodeaba —toda una gente algo extraña con ropas holgadas y coloridas— clavaba el estilete con saña en zonas que creo que incluso podrían provocar la muerte instantánea. Pensé: «¿Qué más da si esto es una chufla?». Lo único que intentaba era acomodarme al contexto, integrándome y olvidando una y otra vez este maldito día. Mi amigo, un poco alejado de mí, me hizo pensar que él ya había estado en estos saraos, porque estaba la mar de integrado en estas prácticas.
Después de lancear a todos los muñecos, la diosa antillana Anacaona empezó a cantar canciones ininteligibles para mí, en un idioma que no había oído en mi vida, pero que dejó a todo el mundo como absorto en el más allá. Yo solo me fijaba en ella; no cerré los ojos en ningún momento porque el espectáculo de ver cimbrearse a esta reina del vudú era lo suficientemente interesante como para perderme el momento. Sus ojos entreabiertos... y no, los abría instantáneamente como si fuera un espasmo o algo así. Su ritmo era endiabladamente seductor, y sus pechos —sus preciosos pechos, que se intuían entre el vestido multicolor— eran hipnóticos.
Tiempo después de estos bailes tribales, nos pasaron una bebida dulzona que compartimos entre todos, acompañada de una especie de cigarro. En ningún momento pregunté de qué se trataba, ni de lo uno ni de lo otro. A partir de aquí ya ni sabía cómo me llamaba, dónde estaba ni me acordaba del insoportable 20 de agosto. Solo recuerdo que empecé a cimbrearme de una manera sinuosa e interactuar con el resto del personal que, de la misma manera que yo, se movía. Oía voces lejanas, pero mis ojos estaban fijos en ella, a la que miraba con una admiración divina. Su cuerpo iba de arriba abajo... ¡ella era la que me había iniciado en los secretos del vudú! Como se dio cuenta de la intensidad de mi mirada —no sé si por el deseo de poseerla o por el compuesto químico de la bebida o del cigarro—, se acercó a mi lado. Sus manos misteriosas empezaron a acariciar mi pelo dejándome una estela de calor. Yo solo le hablaba de amor, pero ella estaba empeñada en enseñarme todos los secretos del vudú (Topo).
Empecé a oír voces lejanas, perdidas en el espacio; yo ya no estaba allí, hacía tiempo que estaba en un viaje del que no sabía si sería capaz de volver o si realmente quería volver. Y así pasaron las horas —no me acuerdo, la verdad—, pero la sensación placentera que experimentaba en ese preciso momento jamás la había tenido. Y así fueron pasando los segundos, los minutos y las horas.
A eso de las 8 de la mañana, la luz empezaba a inundar los grandes cristales del ático donde habíamos hecho cosas de estas de brujería. Anacaona yacía a mi lado desnuda, entre otros tantos cuerpos desnudos de hombres y mujeres, pero el suyo estaba pegado al mío y no pude evitarlo: esbocé una ligera sonrisa de satisfacción que seguramente fuera más producto de mi imaginación que de otra cosa. Por más miradas furtivas a ese amasijo de cuerpos desnudos, no encontré a mi amigo. No sé dónde demonios podría estar, pero seguramente estaría bien. ¡Menudo es él para estas cosas!
Eran, como he dicho, las 8 de la mañana del 21 de agosto. Había pasado el día negro para mí del 20 de agosto y, a decir verdad, la fecha de ayer la recordaré con alegría después de tanto tiempo sufriendo por algo que ya no iba a ocurrir.
Gracias a la vida..., cantaba Violeta Parra.
P. D.: Era lunes. Llegué a la oficina con otro humor después de la experiencia del fin de semana —gracias, Anacaona, nunca te olvidaré—, pero, para rematar este buen lunes, me informaron de que el presidente de mi corporación estaba indispuesto por un ataque de lumbociática. ¡Hoy era sin duda, el mejor día de mi vida!
DHECCA

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