martes, 18 de agosto de 2026

174 - Tengo 50 años y comparto habitación con una retroexcavadora


 


Mi habitación es una habitación al uso. No tiene nada de especial salvo una ventana —como cualquier ventana—, una cama que ya tiene sus años y que siempre está desmelenada, y una televisión de esas finitas de marca desconocida que ni siquiera es una Smart TV; es decir, una televisión miserable. Ah, y la ropa sucia por todas partes: unos calzoncillos sudados del deporte de la mañana en un rincón, una camiseta colgando del manillar de una bici estática llena de polvo,  desde hace días (bastante pestilente, a decir verdad) y algunos jerséis del invierno pasado colgados de las puertas del armario empotrado. Vamos, la estancia de cualquier joven de hoy en día. Lo que ocurre es que yo tengo ya cincuenta años.

Puedo llevar viviendo en esta casa unos veinte años y jamás me había fijado en la retroexcavadora que ocupa la mitad de mi reino, es decir, de mi habitación, que es donde hago mi vida. Es algo extraño, ya que las visitas que han venido a los juegos de amor tampoco me habían dicho nada, por lo tanto para mí era un ser desconocido. Es cierto que soy muy despistado, o quizás, por casualidades del destino, todas las mujeres que han pasado por este lugar también lo son; debe de existir en algún sitio una ley física según la cual las personas con las mismas características se atraen por gravedad.

Las preguntas se agolpan en mi mente. ¿Desde cuándo está allí? ¿Se hizo el edificio con ella dentro? Es raro que en un sexto piso de una ciudad mágica como Barcelona exista algo así. El piso no es que sea muy grande, pero en él pueden vivir perfectamente cuatro personas. ¿Pero una retroexcavadora? No sé, todo es rarísimo. Es cierto que la limitada televisión que tengo en la estancia siempre está encendida —¡y eso que tengo el apagado automático por la noche!—, dándome la sensación de que esta impresionante máquina tiene vida propia a pesar de no tener operario que la maneje. No me molesta en absoluto, a no ser por el olor a «máquina» que desprende, pero por lo demás ni me pide nada ni me da la lata. El piso lo compré barato por no sé qué cuestión a la que no hice caso porque el precio me obnubiló la mente; era bastante económico, y más tal y como están los precios en Barcelona. No me puedo quejar, la verdad, y como llevo tantos años sin darme cuenta de esta «anomalía», me resulta indiferente que siga ahí, sin hacer prácticamente ruido.

Unos tienen mascotas que son un auténtico tostón y yo tengo esta otra, algo especial, que no me cuesta dinero y no me pide nada, dándole un toque único a mi vivienda que a decir verdad nadie tiene. Debo ser un ser especial, yo qué sé. Pero por una razón que desconozco, desde hace diez minutos que la conozco, ya le he cogido cariño. 

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