Para resumirlo de manera aplastante: la democracia liberal no es más que el gobierno de los partidos. Es decir, una partidocracia —o, siendo realistas, una plutocracia— y punto. Por mucho que se desgañiten gritando que en este modelo económico y social manda el pueblo, la realidad es un portazo en la cara: es mentira. El poder real lo ejercen las siglas de siempre, escoltadas por los grandes lobbies financieros que se dedican a succionar el esfuerzo del pueblo trabajador. Un dato para que lo entendáis rápido: el sistema está diseñado para que la mordida fiscal en la nómina de un obrero sea porcentualmente mayor que la que pagan las grandes corporaciones por sus beneficios. Las cuentas no fallan; lo que falla es la justicia.
Cuando se fraguó el "Régimen del 78", el término "democracia liberal" se guardaba en un cajón. Se escondía y se maquillaba por una razón muy simple: sabían perfectamente que este sistema es el envoltorio de la explotación laboral y la miseria. Es cierto que nuestra Constitución tiene aspectos formales que funcionan como los luminosos de un gran almacén: vendiéndonos derechos brillantes que nunca se cumplen. El acceso a la vivienda o el derecho a un trabajo digno son hoy papel mojado; promesas de escaparate que no sirven de nada en la vida real. Ya lo advertía el Conde de Romanones con su cínica máxima: "Hagan ustedes la leyes y déjenme a mi los reglamentos". El desarrollo de esa Carta Magna ha sido, desde el principio, una vía muerta para el pueblo trabajador.
De un tiempo a esta parte, los "peperos" y otros especímenes de la misma ralea han perdido el pudor. Ahora se autoproclaman defensores a ultranza de esta democracia liberal. Y claro que la defienden: es la suya. Es la que les garantiza beneficios privados y mantiene a un ejército de zánganos —de uno y otro bando— que viven a costa de doblar nosotros el lomo.
Sabéis que siento una admiración profunda por Julio Anguita, pero nunca compartí su empeño en defender la Constitución actual como si fuera una herramienta útil para la clase obrera. No se puede arreglar una casa cuyos cimientos están diseñados para expulsarte. Frente a su democracia liberal, toca alzar la nuestra: la democracia socialista. Porque, queridos amigos, tener un puñado de partidos compitiendo en la televisión no hace a una nación democrática; eso es solo atrezo. La verdadera democracia empieza cuando el pan y la dignidad de quien trabaja dejan de ser una mercancía (Me ha salido un término muy Joseantoniano, lo sé, pero que le voy a hacer) .

No hay comentarios:
Publicar un comentario