martes, 31 de marzo de 2026

147 - El sueño de Laura


    


 Cuando escuché la frase «El sueño de Laura», brotó en mi mente —esa cavidad atormentada por mil y una noches de vigilia creativa, siempre desde la 6 AM,— una historia que amenaza con comenzar ahora mismo. O quizá sea solo un propósito baldío, pues, como ya advertí, navego en una sopa mental de proporciones considerables.

El escenario es Barcelona, una de mis ciudades predilectas. La trama se despliega en una de las avenidas que más admiro, la Diagonal, y en el refugio de un hotel lujoso: el Hotel Barcelona Princess. Es un cuatro estrellas de presencia impecable que no conozco, pero al que espero ser invitado tras esta caricia literaria. Aquella noche, una de esas noches cálidas donde el aire pesa, no esperaba a nadie en el vestíbulo. Sin embargo, deseaba intuía (soy un hombre de intuiciones), la aparición de Laura —o de Carmen, Verónica, Virginia, Catalina o Martina; el nombre es lo de menos—. Seguramente  sería impresionantemente bella; había dejado ese detalle en manos del destino y el destino rara vez me falla.

Y entonces, apareció. Elevé una plegaria de gratitud a todos los santos del santoral católico. Pese a desconocer su nombre, supe de inmediato que era la mujer de mi vida. Nos cruzamos bajo el umbral de la entrada, entre los reflejos de la puerta automática que las nuevas farolas LED convertían en destellos electrónicos. Nos miramos, sonreímos, y creí ver un relámpago en sus ojos castaños; el parpadeo intencionado de uno de ellos dedicado a mi, algo perdido en  una mirada tan profunda como cautivadora. Lo supe: era ella. Y se lo hice saber porque, afortunadamente, ambos hablábamos el mismo dialecto: el del amor a primera vista.

Me niego a describirla; prefiero que la imaginación del lector haga su trabajo. Solo diré que al verla entrar en el hall, el eco de aquella vieja canción de Topo "reina del Vagón,  resonó en mis sienes: «De pronto todo se ilumina, ella acaba de entrar. Cada movimiento suyo es un murmullo. Con cada sonrisa, provoca una explosión. Todos aspiramos su perfume francés. Es una auténtica reina del prêt-à-porter». El aire pareció detenerse y su fragancia, en mitad de aquella calma estática, inundó mi alma atormentada.

La invité a navegar por esa gran arteria barcelonesa. En aquel crisol de lenguas, razas y experiencias, nos asaltaron melodías del mundo e incluso, de mano de los músicos más audaces, un nocturno de Chopin que en aquel momento apenas fui capaz de identificar. Caminamos de la mano, masticando sentimientos, rozando la atmósfera con la yema de los dedos mientras la Luna se empeñaba, milagrosamente, en iluminar su rostro. No mediamos palabra; nuestras miradas intensas lo decían todo (cuando la boca calla, los ojos gritan). Sentía que la conocía de siempre, como si la hubiera estado esperando durante vidas enteras.

La magia de Barcelona, donde lo imposible es cotidiano, se manifestó. No me preguntéis por qué, pero la estación espacial china Tiangong descendió sobre nosotros en esa noche eterna. A través de sus ventanillas redondas, vimos a cuatro taikonautas saludándonos. El más alto de ellos bromeaba, apretándose la nariz con los dedos como si se hundiera en un océano invisible. (Es un breve homenaje al realismo mágico; no se preocupen, estoy bien). Nos desearon suerte mediante gestos de mimo, o eso quise entender yo.

Pero todo se desvaneció con la misma levedad con la que llegó. Comprendí entonces que habitaba un sueño de verano. Seguimos caminando un par de horas más, rozando nuestros labios en el intento discreto pero voraz de un beso con ansia. Aquello me bastó: fue un beso tan dulce como los de la era dorada de Hollywood; me supo al néctar de los dioses griegos. Fue, literalmente, rozar el cielo.

Recorrimos el Paseo de Gracia y el Paralelo hasta que el sol levantisco del estío comenzó a despuntar. Con los primeros rayos, la magia inició su retirada. Las calles se inundaron de operarios municipales que limpiaban con esmero la escenografía de la ciudad para la función turística del nuevo día. Nuestro amor se diluyó con la luz, como el azúcar en un café negro y ardiente.

La intensidad sentimental se disipó. Voló. Y al final, comprendí la verdad: yo no era el autor, sino un personaje recurrente en el sueño de Laura. Ella, como buena soñadora, había proyectado una historia de amor increíble para rescatarse de la monotonía.

Ahora vago solo, sin un sueño donde hospedarme, buscando a Laura —o a Carmen, Verónica, Virginia...— para regresar a la vida, aunque sea solo por una noche mágica en Barcelona.


Y como regalo, esta buena canción de Topo, de lo que todo surge: 

lunes, 23 de marzo de 2026

146 - ¿Qué es un héroe?

 
Lo que cada uno de nosotros define como "héroe" es tan subjetivo como el número de personas que habitan este mundo. Es un concepto elástico, a veces contradictorio, que ha evolucionado a la par de nuestra propia historia. Si nos remontamos a la antigua Grecia, el héroe era un ser excepcional: el fruto de la unión entre la divinidad y lo humano; un semidiós que era menos que un dios, pero mucho más que un hombre.

Hoy, esa línea es mucho más difusa. Un héroe transita en ese extraño espacio que separa al soldado que entrega su vida por sus camaradas o aquel civil que, con un valor fuera de lo común, decide dar un paso al frente cuando los demás retroceden. Como podéis ver, es una figura compleja que habita entre la locura y la desesperación, entre el deseo de destacar y la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

Pero, para mí, ¿qué es realmente un héroe? No es alguien con superpoderes, sino una persona común en una situación extraordinaria. Es alguien que, movido por un chispazo de rabia, necesidad o pura empatía, decide poner fin a una situación injusta y se lanza a cumplir una tarea que otros esquivan o no se sienten capaces de asumir. Es, en esencia, en un mundo caleidoscópico lleno de matices y colores, brilla con luz propia en la oscuridad.

Tendemos a pensar en medallas militares, pero el heroísmo habita en todos los campos: en la bata de un médico, en la constancia de un investigador o en la mano tendida de un voluntario. Existen héroes en la política honesta, en la entrega silenciosa de las familias y en el esfuerzo diario de un trabajador. Hay miles de personas que jamás recibirán un reconocimiento oficial; no tendrán estatuas de bronce ni calles con su nombre, pero son esos héroes anónimos quienes realmente sostienen a la humanidad. Yo, personalmente, me siento profundamente orgulloso de todos ellos.

viernes, 13 de marzo de 2026

145 - De la azada al «Press de Banca»: Crónica de un declive.


 Andaba yo absorto en mis pensamientos marxistas-leninistas cuando, por algo que no viene al caso, se me pasó por la cabeza el mundo masculino del gimnasio; su pavoneo, su época de celo y, cómo no, el posible apareamiento con su mismo género o con el contrario.

Y es curioso que el gimnasio masculino esté lleno de calvos y personajes bajitos que, debido a su estatura, tienen algún tipo de complejo, por lo que sea.

En mi juventud estas cosas eran escasas; es decir, que no existían, al menos donde yo merodeaba en aquellos años. El que quería ponerse como el Pitufo Fortachón cogía dos piedras, las elevaba cien veces y poco más. Es cierto que con la modernidad nos iban llegando personajes que a nosotros, desde nuestra cultura agraria, nos parecían una gilipollez. Aún recuerdo que a aquellos chicos veraneantes que venían de la capital, Madrid, se les iba notando algún tipo de bulto en el tren superior, a lo que nosotros respondíamos con: «anchos de espalda y estrechos de culo, maricón seguro» o «molla grande, polla chica». Pido perdón por el lenguaje, afortunadamente nada aceptado ahora, pero me crié —y sé que esto no justifica nada— en una sociedad «pollaegoncéntrica» de machos sementales que intentaban aparearse con cuantas más hembras, mejor.

Y ahora... ahora son (porque yo soy atlético-pícnico) una sociedad de hombres perfectamente formados. Es cierto que mucho bajito está más apaisado que otra cosa por la gran cantidad de músculos que atesoran esos pocos centímetros cuadrados de torso, piernas y brazos. También es cierto que hay mucho guarro sudoroso que no se ducha ni aunque llueva, que va dejando sus miasmas como una mofeta por todo el entorno. Puede ser que ellos confundan ser unos cerdos con las feromonas que, según diversas teorías nada contrastadas, atraen a las féminas deseosas de sexo salvaje. Afortunadamente ellas, que son más listas que nosotros los becerros, nos dan mil vueltas en este tipo de lances del amor y no caen en las garras de ceporros sudorosos y algo repulsivos.

Hay otra teoría a la que estoy dando vueltas que viene a decir que, si uno desarrolla una gran musculatura, la proporción áurea (es decir, el equilibrio y armonía perfectos) se rompe, y tu pilila pierde capacidad de asombro externo ante un observador pasivo. Una desgracia, porque en los gimnasios, que yo sepa, no hay un «aparato» que te fortalezca o te alargue el aparato, a no ser que en la Teletienda aún exista ese «aparato» que alargaba el «aparato», que fue un éxito de ventas conocido como el Jes Extender que, como dice la palabra en inglés, te extiende la manguera a semejanza de una manguera enrollada antiincendios de esas que hay en las paredes de los edificios públicos.

Desde que en la sociedad se ha introducido el deporte de manera abrumadora, somos más tontos porque hemos pasado del deporte como cultura física a un escaparate de hombres carentes de cerebro.

Si Narciso levantara la cabeza......


miércoles, 4 de marzo de 2026

144 - Oda a la lata azul: El ungüento que todo lo cura (y que casi nos cuesta la piel)





Olvidaos de la rueda, la penicilina o internet. El verdadero hito de la humanidad es la Nivea de lata azul. Si tienes más de 30 años, sabes de lo que hablo: ese objeto circular que en casa de nuestras madres no era una crema, era una religión.

En mi época de infante, mi madre la usaba para TODO. ¿Que llegaba el verano? Nivea para protegerte del sol (aunque el concepto "factor de protección" no existiera en su diccionario). ¿Que te quemabas como un gambón en chiringuito? Más Nivea. Pero el nivel experto llegaba cuando las madres querían ponerse morenas: mezclaban la crema con Mercromina y se ponían a tostarse al sol. Aquello no era un bronceado, era una reacción química digna de Breaking Bad.

Esta crema es la auténtica navaja suiza. Hasta tal punto llegaba la devoción de mi madre por este "Bálsamo de Fierabrás" que —y juro que esto es verídico— cuando yo le decía que la cadena de mi bici hacía ruido porque estaba más seca que un campo de Castilla en agosto, ella, ni corta ni perezosa, embadurnaba los engranajes con Nivea. ¡Y oye, que la bici andaba! Las madres de antes no necesitaban tutoriales de YouTube, tenían la lata azul.

Eso sí, aplicártela por el cuerpo era un deporte de riesgo. Aquello no tenía ningún poder deslizante; tenía la densidad del hormigón armado. Intentar extenderla de forma homogénea era imposible, a menos que usaras una llana de enyesar paredes. Yo me escondía en cuanto veía la lata, porque la sensación no era de hidratación, sino de que me estaban haciendo una exfoliación agresiva con una lija del número 4. Sentía que me arrancaban la piel a tiras.

Sin embargo, el tiempo nos da la razón (o nos convierte en nuestras madres). Hoy en día la sigo usando para todo, incluso para la cara. Es la mejor del mercado; nada de esas cremas modernas que te cuestan diez euros el "brochazo" y huelen a flores del Himalaya.

Eso sí, un consejo de veterano: cuidado con dársela de día. Si sales a la calle con la cara embadurnada y te da el sol, terminas con la piel brillante y aceitosa, como un buen bocadillo de calamares de la Plaza Mayor.

Ahí os dejo mi gran secreto de belleza. No sé si quita las arrugas, pero me hace sentir, por lo menos, diez minutos más joven (y mucho más nostálgico).